***
—Ngh...
Muriel, estaba encima del cuerpo de Sakia, lamió el pecho de este con la lengua. El cuerpo de Sakia se estremeció ante aquel suave rastro. Aunque siempre había sido él quien colmaba a Muriel de caricias, por primera vez, Muriel lo estaba acariciando a él. Ante aquella cálida dulzura, Sakia reprimió un gemido y se mordió los labios. Con una mano apoyada en el pecho de Sakia, Muriel se llevó su pequeño pezón a los labios.
—Ngh...
Sintiendo la reacción de Sakia, Muriel movió con ahínco la lengua mientras recorría su pecho.
—Mu, Muriel...
Incapaz de soportar el placer, la cabeza de Sakia se echó hacia atrás. Los labios de Muriel, que habían estado lamiendo su pecho, se deslizaron lentamente hacia abajo. Llegando por fin a su zona inferior, Muriel jadeó con dificultad frente al pene de Sakia, que alzaba la cabeza. El miembro de Sakia todavía brillaba con la humedad del néctar de ella. Muriel tomó aquel pene duro y rojo oscuro, rodeado de espeso vello, en su boca sin la menor vacilación.
—Ngh...
En el instante en que el miembro fue tragado por la cálida y húmeda boca de Muriel, Sakia tensó la cintura y gimió. Dentro de la suave boca de ella, su miembro se fue inflando cada vez más al ser acariciado por aquella lengua húmeda y cálida.
—H-Ngh...
Incapaz de contener el tamaño que iba adquiriendo el pene de Sakia dentro de su boca, Muriel lo soltó. Había crecido hasta alcanzar un tamaño imposible de retener entre sus labios.
—Ha-ah, h-ngh...
Muriel sujetó con la mano la base del miembro de Sakia, manchado de su propia saliva, y barrió el fuste hacia arriba con la lengua.
—Mmm...
Sakia dejó escapar un gemido ante aquel movimiento obsceno de la lengua y la estampa seductora de Muriel enterrando el rostro en su entrepierna mientras su cuerpo desnudo se retorcía. Una lascivia increíble emanaba de ella. Imaginar siquiera que unos cabellos brillantes de color plata pura sobre un cuerpo totalmente blanco y desnudo se retorcieran con avidez entre sus piernas habría sido imposible.
Su miembro entrando y saliendo de entre sus labios rojos, la postura obscena de ella con el rostro enterrado en su entrepierna y las caderas levantadas, e incluso aquellas nalgas blancas como la nieve que se elevaban y se estremecían de placer, eran la lascivia en su estado más puro.
—Ngh...
—Mmm, ha-ah... Mmm.
Muriel rodeó con una mano la cintura retorcida de Sakia y volvió a tragarse su miembro hasta la mismísima raíz. Tras rozar dolorosamente su úvuela y salir de su boca, el pene de Sakia quedó bañado en su saliva y brillando de un modo obsceno.
—¿Se siente bien?
Muriel levantó la mirada con los ojos medio abiertos para contemplar a Sakia. Era Muriel quien deseaba complacerlo. Deseaba brindarle felicidad a él, que había sufrido tales heridas por su causa.
—Ngh...
Sujetando con una mano su miembro de venas abultadas, Muriel acarició la punta del glande con la lengua.
—Mu, Muriel...
Sujetando con las manos los pechos de ella que se balanceaban en la parte inferior, Sakia encajó su miembro entre los senos de ella.
—De esta manera...
—Ngh...
Ante aquella sensación extraña, el rostro sonrojado de Muriel se puso aún más rojo. El miembro de Sakia se retorció entre sus pechos. Muriel lamió con la lengua el glande del pene de Sakia que sobresalía en medio de sus senos.
—Ngh...
Cada vez que Muriel frotaba sus pechos, movía el miembro de Sakia atrapado entre ellos y lo relamía con la lengua, la cintura de Sakia se estremecía. Un líquido claro que brotaba de la punta de su glande humedecía los labios y los pechos de ella, escurriéndose de manera obscena. Sakia percibió la sensación de ardor que ascendía desde abajo. El orgasmo era inminente.
—¡V-voy a correrme!
Seguido de esas palabras, la cintura de Sakia dio un respingo y un líquido caliente y acre se vertió directamente en el interior de la boca de Muriel, quien seguía lamiendo su miembro.
—Ngh... Mmm...
Temiendo perder ni una sola gota, Muriel sujetó el pene de Sakia con ambas manos y comenzó a succionar con fuerza. La visión de ella, aferrada al miembro de Sakia y devorándolo con los labios, emanaba una sensualidad desbordante.
***
—¡Ah, h-ngh... ¡A-aah!
El miembro de Sakia se deslizó con facilidad en el interior de su hendidura, que ya se encontraba lo suficientemente adaptado. Aquel orificio, perforado tantas veces, devoraba con codicia el pene de Sakia.
—Me estoy derritiendo... ¡Ha-ah, a-aah!
Muriel gimió con las piernas abiertas de par en par ante las estocadas vigorosas que Sakia le propinaba desde abajo. Cada vez que la cintura de Sakia iba y venía penetrándola, los pies de ella danzaban en el aire.
—¡Ah, a-ah! ¡A-ah!
—Muriel... ¡Ngh!
El cuerpo de Muriel, derretido de placer, jadeaba bajo el de Sakia. Todo su cuerpo ya estaba teñido con las marcas de Sakia. Tanto en su boca como en el interior de su vagina y en sus pechos, el semen esparcido por Sakia brillaba por todas partes. Sakia la atrajo fuertemente hacia sí, estrechando aquel cuerpo ardiente que brillaba como si se hubiera bañado en su semen.
Ya había perdido la cuenta de cuántas veces iban. Por mucho que lo hicieran, cuantas más veces lo repetían, más sed de ella experimentaba este cuerpo de ángel lascivo, impidiendo que Sakia pudiera detenerse. No podía rechazar un cuerpo que se entregaba de una manera tan abrasadora. No, no era que no pudiera rechazarlo; es que no era capaz de dejarla marchar.
—Ha-ah... Ha-ah...
Habiendo alcanzado otro clímax, Sakia abrazó a Muriel, que jadeaba en su pecho, y depositó un beso en su frente.
—Muriel...
—...Ha-ah...
Ella exhaló un suspiro entrecortado en silencio. Una sonrisa feliz se dibujaba en el rabillo de sus ojos, enterrados en el pecho de él.
—Está brillando.
Murmuró en voz baja mientras acariciaba la espalda de ella, manchada de sudor y semen. Aunque ya lo venía notando desde un rato antes, la espalda de ella estaba emitiendo un brillo resplandeciente.
—Parece que... van a nacer alas.
Si las alas volvían a brotar, ella regresaría a ser un ángel. En el instante en que su esencia como ángel se restaurara junto con sus alas, a Sakia le aterraba la idea de que ella desapareciera frente a sus ojos. Pensaba que tal vez, batiendo aquellas alas de un blanco inmaculado, se marcharía lejos de su lado.
¿Acaso debía arrancarle estas alas una vez más?
Sin embargo, no podía hacer algo así. Si él era convocado por Lucifer, ella, que carecía incluso de alas, no sobreviviría. Ante el peor de los escenarios, el único camino para que ella lograra sobrevivir no era otro que regresar al cielo como un ángel. Tan solo por esa razón, no podía destruir sus alas.
—Alas...
Al escuchar las palabras de Sakia, Muriel cerró los ojos.
La zona de su espalda le picaba. Tal como él decía, parecía que las alas estaban a punto de nacer. En un futuro no muy lejano, unas nuevas alas brotarían. Sería capaz de regresar al cielo.
—...Arrancalas y cómetelas de nuevo, por favor.
No obstante, ella ya no deseaba las alas. Lo único que anhelaba era seguir viviendo al lado de este demonio.
—No puedo hacer eso.
Abrazando a Muriel, quien le pedía que le desgarrara las alas, Sakia cerró los ojos.
Era imposible.
***
Cuando Muriel, que se había quedado dormida, abrió los ojos, los alrededores se habían sumido en la oscuridad. Al escuchar el agudo graznido de un ave no muy lejos de ahí, Muriel se sobresaltó y extendió su mano hacia un lado.
—S-Sakia.
El cuerpo de Sakia, que debería haber estado allí al extender la mano, no se encontraba en ninguna parte. Estaba segura de que, antes de quedarse dormida, se había acostado en los brazos de Sakia.
—¿Sakia?
Con una mirada teñida de terror, Muriel escudriñó la oscura habitación. Se arrastró hacia una sección de la pared que se encontraba parcialmente destruida y abierta de par en par. Desde allí soplaba un viento nocturno gélido. No obstante, lo único que se divisaba era la más absoluta oscuridad; no había nada más.
—¿Sakia?
Volvió a pronunciar su nombre una vez más. La habitación en la que se encontraba estaba situada en la parte superior de una muralla alta. Parte de los viejos escalones de piedra de aquel castillo antiguo se habían derrumbado, tratándose de un sitio del cual resultaba imposible descender a menos que se tuviera alas. Al llegar a ese lugar, con toda probabilidad Sakia la había transportado volando. No obstante, sin la presencia de Sakia, ella era incapaz de escapar de ahí por sus propios medios.
Algo que se movía en la parte baja y lejana del castillo captó su atención. Eran aquellos monstruos que había visto en el bosque. Los monstruos deambulaban por la base del castillo en busca de un camino para subir. Sin duda alguna, debían de haber captado su olor. Sin embargo, aquellas criaturas carentes de alas no conseguirían subir hasta ese sitio elevado donde ella se encontraba.
—Alas...
De pronto, comprendió que algo se estaba moviendo en su espalda. Al girarse con lentitud hacia aquel lugar, unas alas de un blanco puro resplandecían con un brillo deslumbrante.
—...Las alas...
Múltiples emociones se cruzaron en la mirada de Muriel. El estremecimiento ante haber recuperado las alas perdidas. La expectativa de poder regresar al cielo una vez más. Pero también, la angustia de no poder separarse de Sakia. Todas esas sensaciones se agitaban dentro de sus pupilas.
Lentamente, bajó la vista hacia su propio pecho. Los generosos pechos que las manos de Sakia se habían dedicado a acariciar hasta quedarse dormida habían desaparecido por completo. En el lugar donde antes estaban sus pechos, tan sólo existía una piel tersa y blanca.
Y lo que se había esfumado no era únicamente eso. Su sexo, que con tanta avivez había acogido el miembro de Sakia y por consiguiente expulsado un néctar caliente de forma obscena, tampoco estaba; había desaparecido sin dejar rastro. Tan solo quedaba un cuerpo asexual, que no era ni de hombre ni de mujer. Había regresado a su estado original de manera perfecta. Como si un hechizo se hubiera desvanecido y todo se hubiera esfumado como si jamás hubiese ocurrido...
—Esto no puede ser.
Las pálidas manos de Muriel temblaban con violencia.
—No... Esto no puede ser así.
Las lágrimas brotaron de sus ojos, resbalando por sus mejillas.
—Sakia, esto no puede ser.
¿A dónde se había marchado?
¿Se habría decepcionado al verla regresar a su forma original y la había abandonado?
—Por favor, regresa, Sakia...
Se puso de pie tambaleándose sobre unas piernas temblorosas. En el momento en que se incorporó, las alas blancas como la nieve se agitaron en su espalda.
Fue en ese instante.
—¡Es el aroma de un ángel!
Una voz grotesca sacudió sus oídos. Era un tono capaz de poner la piel de gallina con tan solo escucharlo. Al alzar la vista hacia el espacio aéreo de donde procedía el sonido, ella exhaló un grito ahogado: —¡Ah!. En medio de la oscuridad, agitando unas alas negras, los monstruos se estaban acercando hacia ella. Eran criaturas provistas de alas. A diferencia de los monstruos sin alas que merodeaban abajo, otros seres diferentes la habían descubierto y se aproximaban batiendo sus alas con fuerza.
