Mi padre entró al hotel acompañado por decenas de asistentes. Sus canas habían aumentado y su barba se había vuelto blanca en varias zonas.
—Escuché que tu alcoba sufrió un incendio. Me alegra que estés a salvo.
Aunque debían de ser palabras de cortesía, el hecho de que se preocupara por mí, al menos con una expresión fingida, me reconfortó un poco.
—Saludo a Su Majestad el Rey. Gracias por su preocupación
Sujeté el borde de mi falda, doblé las rodillas e hice una reverencia.
Visto de cerca, el contorno de los ojos de mi padre presentaba arrugas que antes no tenía. Al parecer, los cinco años que pasé separada de él no habían sido precisamente un periodo corto.
Joanna examinó el vestíbulo del hotel con unos ojos llenos de curiosidad.
—Como me demoré bastante preparando unas cosas y otras, terminé llegando justo un día antes del banquete. ¿Podrías dejarme dar un vistazo al tipo de habitación en el que vives? Es la primera vez que veo este estilo de arquitectura y me gustaría ver bien cómo es por dentro.
Joanna demostró curiosidad por mi habitación.
La guié junto a mi padre hacia la habitación de hotel en la que me hospedaba. Los asistentes que habían venido de Lote nos acompañaron.
Joanna echó un vistazo rápido por la estancia y se detuvo frente a la mesa de centro junto a la ventana.
Ella sacó un estuche de cuero del tamaño de la palma de su mano del bolsillo interior de la chaqueta de su uniforme. De su interior salió un puro grueso.
—Ah, olvidé traer los cerillos. ¿Podrías prestarme uno?
Al parecer, pretendía fumar el puro dentro de la habitación.
Al observar el dibujo impreso en la superficie del puro, noté que era de un tipo con aroma a flores. El humo no sería demasiado asfixiante, ¿verdad? Fui a buscar los cerillos que se usaban para encender las velas.
Joanna se llevó el puro a los labios y se acercó con naturalidad, colocándome el extremo cerca. Me estaba pidiendo que lo encendiera.
Sostuve los cerillos en la mano y dudé por un momento.
¿Acaso se suponía que debía encenderlo yo?
—Pe... perdóneme, ¿puedo hacerlo yo en su lugar?
Kallen, que estaba atrás, agarró los pliegues de su falda, corrió a toda prisa y arrebató los cerillos de mis manos. Y antes de que Joanna pudiera reaccionar, Kallen encendió rápidamente un cerillo y prendió la punta del puro.
Joanna frunció levemente un lado de la cara, como si algo no le gustara, y dio una calada profunda al puro. Exhalando humo con un aroma agridulce, caminó con paso firme hacia la mesa de centro.
—Vaya, hermana. ¿Qué es este vestido?
Sobre la mesa se encontraba extendido un vestido de seda de color verde claro. El sastre lo había terminado y se lo había traído ayer, pero se le había olvidado colgarlo en el vestidor.
—Es la ropa que usaré en el banquete de mañana.
—Ya veo.
Joanna dio una calada tan profunda al puro que sus mejillas se hundieron. Y justo en el momento en que apartó el puro de sus labios, se escuchó un chasquido.
¡chisporroteo! — Algo que brillaba con intensidad rojiza se desprendio de la punta del puro.
Era una brasa.
¡Chis, chis!
El lugar exacto donde cayó la brasa fue sobre la superficie del pecho de mi vestido.
Un silencio sepulcral envolvió la habitación al instante.
La pequeña brasa abrió en un abrir y cerrar de ojos un agujero del tamaño de una uña. Aquel agujero, perfilado por un borde negro, comenzó a extender su superficie con rapidez.
—Ah, cometí un error. Lo siento. No lo hice a propósito, hermana.
—...
Observe a Joanna completamente congelada. ¿De verdad lo sentía? En el rostro de mi hermana no se reflejaba emoción alguna.
¿Qué hago? Si las cosas siguen así, no tengo absolutamente nada que ponerme para el banquete.
Kallen corrió apresuradamente con un balde y vertió agua sobre el vestido. Aunque el fuego se extinguió, en mi ropa quedó un agujero del tamaño de un puño.
—No te preocupes, hermana. Yo tengo un vestido de repuesto. Además, casi tenemos la misma estatura y complexión similar. El que he traído es mucho más cautivador que este, y seguramente te quedará mejor a ti.
Joanna se dirigió a uno de los asistentes que esperaba junto a la puerta y le ordenó que trajera su vestido.
Un sudor frío brotó de mi cuerpo. No tenía otra opción.
Unos minutos después, uno de los asistentes subió con un vestido. Era de un rojo tan intenso como las rosas de mayo. Como correspondía al vestido de una princesa heredera, la tela desprendía un brillo lujoso, pero no estaba segura de si me quedaría bien.
—Póntelo rápido y mostrame. Emma, ayuda a mi hermana a vestirse.
Las doncellas de Joanna se acercaron a mí sosteniendo el vestido rojo. No tuve más remedio que cambiarme de ropa en el vestidor. Una vez que ajusté adecuadamente el listón de la espalda, me topé con un grave inconveniente.
Las demás partes me quedaban bien, pero...
La parte superior me apretaba demasiado. La cintura ceñía con exceso y el busto no entraba por completo en la prenda, haciendo que la parte superior sobresaliera de manera abultada. Parecía exactamente un pudín de gran tamaño metido a la fuerza dentro de una taza.
Joanna tenía una silueta más delgada que yo, así que era lógico que no me quedará bien.
—Hermana, ¿ya terminaste de vestirte? Sal rápido.
Negué con la cabeza de un lado a otro y salí del vestidor.
—No me queda bien, Joanna. ¿No habrá alguna prenda que cubra un poco más?
—Este es el más recatado de todos. Oh, vaya, es un atuendo hecho totalmente para ti, hermana. Cuando me lo puse yo, no se veía tan sensual.
Murmuró Joanna parpadeando lentamente. Sin embargo, eran palabras sin sentido. Más que sensual, parecía completamente obsceno.
—No, no quiero ponerme este vestido...
—Josefina.
Mi padre interrumpió mis palabras con voz severa.
—Haz caso a la voluntad de Joanna por esta vez. ¿Cuántas veces te ha dicho tu hermana que eso es lo mejor?
Cerré los labios con fuerza. La frase «por esta vez» contenía una contradicción. Al fin y al cabo, no existía una sola ocasión en la que yo no le hubiera cedido algo a mi hermana.
—Ya que ha salido el tema, te pregunto: ¿Estás cumpliendo debidamente con tus obligaciones?
—Si se refiere a mis obligaciones...
—Me refiero a si estás atendiendo debidamente a los jóvenes príncipes durante la noche.
—...
Era la primera vez que mencionaba tan abiertamente mis obligaciones como rehén.
Por poco lo olvido debido a que el Palacio Rubí había desaparecido consumido por el fuego.
Mi padre me había abandonado en este lugar...
Y mi utilidad consistía en ser la cortesana de los príncipes.
***
Terminé poniéndome el vestido rojo.
—También le pintaremos los labios de rojo. No podemos permitir que la belleza de la princesa quede opacada por el vestido.
Las doncellas de Joanna se esmeraron en maquillar mi rostro. Un tono oscuro de carmín cubrió minuciosamente mis labios, mientras aplicaban polvos sobre mi rostro una y otra vez. Era la primera vez en mi vida que me sometía a un arreglo de semejante magnitud.
Tras colocarme el collar de rubíes de Joanna, las doncellas hicieron una reverencia y se retiraron. Me quedé sentada frente al tocador, con la mirada perdida. La deslumbrante imagen que se reflejaba en el espejo me resultaba sumamente ajena.
Más allá de si era hermosa o no… Se trataba de una estampa cuidadosamente concebida con el claro propósito de seducir a alguien.
«De la forma en la que estoy vestida, realmente parezco una princesa del Palacio Rubí.»
Me dije con amargura. ¿Qué otra cosa podía parecer una princesa del Palacio Rubí, sino eso? A fin de cuentas, yo no era distinta de ellas en absoluto, a excepción de que aún era virgen.
Con el ánimo ensombrecido, metí los pies a la fuerza en los zapatos rojos. Me sentía muy tensa al tener que salir al exterior con un aspecto tan diferente al habitual. Respiré hondo un par de veces, intentando apaciguar el agitado latido de mi pecho, y salí hacia el vestíbulo del hotel.
—...Es un placer ver a la princesa.
El marqués Fernández estaba esperando. Al verme, sus ojos se abrieron de par en par por un instante. Al parecer, no se imaginaba que aparecería con semejante atuendo.
Ignoré su mirada de desconcierto y subí al carruaje. Si hubiera dependido de mis deseos, habría querido taparme con las manos el pecho que sobresalía de forma tan incitante, pero temía que eso me hiciera parecer una pueblerina aún más torpe.
—El clima está fresco. ¿Le gustaría ponerse esto?
El marqués se sentó a mi lado y me tendió su chaqueta para que me la pusiera. El clima de pleno verano no tenía nada de fresco. Seguramente se trataba de un gesto de consideración motivado por la lástima de verme llevar una ropa tan inadecuada.
—Gracias, Marqués.
Acepté su chaqueta y me la puse sin rechistar.
El carruaje se puso en marcha. No tomó mucho tiempo cruzar la puerta principal del palacio imperial y llegar al salón de banquetes. En el momento en que el carruaje se detuvo, sentí que mi corazón también se detenía. Mordí mis labios, apreté con fuerza el dobladillo de mi vestido y me puse de pie.
Sostuve el brazo del marqués y bajé del carruaje.
Al subir los escalones cubiertos por una alfombra roja uno por uno, las puertas del salón de banquetes se abrieron de par en par ante mis ojos. La luz proveniente de la gigantesca lámpara en forma de araña se clavó en mí con la punzante intensidad de incontables agujas.
—El marqués Diego Fernández de Palladio y la princesa Josefina del Reino de Lote. Pasen, por favor.
El mayordomo del Palacio Central comprobó nuestras invitaciones y nuestras identidades. Enderecé los hombros todo lo que pude y entré. Ya que mi nombre había sido mencionado junto al de mi país, debía mostrarme firme.
…Aunque llevara puesta una ropa que carecía por completo de elegancia.
