Capitulo 15


 —Veamos, ya que ha venido un invitado después de mucho tiempo, deberíamos ofrecerle algo. Kallen, ¿Podrías traer un poco de té? —pidió la princesa con voz suave y pausada.

Kallen se apresuró a ir a la cocina.

Pero, ¿Cómo se preparaba el té? Al diablo, no lo sé. Ella hirvió agua en una olla, arrojó un puñado de hojas de té dentro y regresó a la habitación de la princesa con la tetera.

Durante todo el tiempo que estuvo sirviendo el té en las tazas, Kallen no apartó la vista del comandante.

Una vez que terminó de atenderlos, Kallen dio un paso atrás y el comandante echó un vistazo a la habitación. Parecía no percatarse en absoluto de que su subordinada lo estaba mirando fijamente.

—¿Te gusta la habitación? —preguntó el comandante a la princesa.

—¡Sí! No podría gustarme más. Los muebles, el ambiente, la comida, todo me gusta.

—Entonces es suficiente.

El comandante respondió brevemente y luego bebió un sorbo de té en silencio. Su expresión rígida característica se suavizó un poco.

Por el contrario, el rostro de la princesa se arrugó ligeramente.

—Kallen, el té está un poco... amargo. Parece que pusiste demasiadas hojas.

—Lo siento.

Kallen se rascó la parte trasera de la cabeza. Lo único que había bebido desde que era mayor de edad era alcohol. Para saber cómo infusionar té, primero tendría que haberlo probado alguna vez.

—Ya veo. La próxima vez será mejor prepararlo más suave.

El comandante le habló a Kallen con un tono de reprimenda suave. Incluso llevaba una sonrisa indescifrable en los comisuras de los labios, pero de esa expresión extraña emanaba una sutil intención asesina.

Kallen tembló ligeramente con una expresión atónita.

¿Qué demonios era ese tono espeluznante y falso? ¿No era un humano que estallaba en furia si se llevaba a la boca algo que no sabía bien? ¿Acaso era una persona capaz de hablar de esa manera? ¿Habrá comido algo malo y se le paralizó la lengua? Su mente estaba llena de interrogantes ante esa faceta desconocida de su superior.

—Kallen, ya puedes retirarte por ahora.

La princesa habló con un tono serio. Kallen salió de la habitación de huéspedes mientras derramaba sudor frío.

***

Hoy Kallen estaba un poco extraña. Parecía observar con atención a Anton, quien había venido a mi habitación.

Al principio pensé que se había enamorado con el apuesto aspecto de Anton, pero para ser eso, su mirada era casi tan seca como un desierto.

Así que a propósito la envié afuera. Aunque no sabía por qué, sentía que a ella no le agradaba mi invitado.

—Ah, por cierto, Anton. ¿Tú también vas a asistir al banquete de cumpleaños del Tercer Príncipe?

Aproveché para cambiar de tema y le pregunté por si acaso. Me sentiría más tranquila si hubiera al menos una persona con la que pudiera relacionarme con naturalidad en el banquete.

—...¿Tú también vas a ir?

Anton tenía una expresión de desconcierto.

—Sí. Mi hermana menor fue invitada oficialmente. Así que iré como dama de compañía.

—¿La princesa heredera de Lote también desea convertirse en la consorte del príncipe?

—No conozco bien las intenciones de mi hermana. Probablemente sea mi padre quien más lo desee.

A los estados vasallos que establecen lazos matrimoniales con la familia imperial se les conceden varios privilegios especiales. El apoyo financiero y el apoyo militar de la familia imperial se multiplican. Por sobre todas las cosas, la cantidad de tributos que deben entregarse cada año disminuye. Es decir, una especie de beneficio fiscal.

Naturalmente, la carga de los ciudadanos también se reduce. Además de esos beneficios prácticos, acoger a un príncipe como yerno tenía un gran significado simbólico. Después de todo, significaba entablar parentesco por afinidad con el emperador, quien era él gobernante del continente.

—Tengo que presentarle a Joanna al Tercer Príncipe. Esa es la obligación que se me asignó en el banquete.

—¿Qué clase de deber es ese?. Si es una hija tan valiosa, bastaría con que el rey de Lote la presentara en persona.

Anton torció la comisura de los labios y esbozó una sonrisa despectiva.

—...Es un evento oficial, así que por protocolo diplomático debemos mantener las formas. Un monarca trata con un monarca, y los hijos de un monarca se reciben entre hijos.

—No sabía que se trataba de una ceremonia tan anticuada. Decías que era peligroso para mí y me advertiste que ni siquiera mezclara palabras con el Tercer Príncipe. ¿Y ahora tienes el valor de hacer de casamentera entre un tipo así y tu hermana?

Anton me hizo una pregunta. Sus penetrantes ojos dorados parecían atravesarme como aguijones.

—No me digas que... tienes ganas de hacer algo así.

Me contuve ante la pregunta que dio en el clavo.

—¿Casamentera? No digas cosas tan horribles. Solo haré que se presenten para que se conozcan. Si fuera por mí, quisiera que Joanna ni siquiera rozara un cabello con el Tercer Príncipe, pero...

Extendí excusas divagando por el sentimiento de injusticia, hasta que dejé la frase inconclusa.

Sentí una oleada de rabia en mi interior. Cerré la boca porque sentía que, si seguía hablando así, hasta se me escaparían algunas lágrimas.

Todo es por el bien del país.

Esa era la frase escrita en la respuesta de mi padre hace poco. También fueron las palabras que dijo mi padre cuando me envió aquí como rehén hace cinco años. Aunque mi aspecto fuera lamentable, vine representando a mi país, así que tenía que obedecer si era una orden del rey. Ese sentido del deber siempre me hacía sentir impotencia.

Solo espero que Joanna no quiera al Tercer Príncipe como su prometido.

Anton me observó en silencio con la cabeza ladeada. Era como si pudiera mirar directamente dentro de mi cabeza. Me avergonzaba ser objeto de esas miradas tan persistentes.

—Ah, ahora que lo pienso, no tengo ropa que ponerme.

Desvié el tema a la fuerza.

A excepción de mi ropa interior y mi ropa diaria, dejé atrás todas las demás prendas en la habitación del Palacio Rubí. Aunque tenía un vestido de seda de color rosa pálido que usaba cuando tenía quince años, ya se había reducido a cenizas.

—...Aparte de no tener qué ponerte, ¿Hay alguien que te escolte?

Preguntó Anton mientras se ponía de pie.

—No estoy muy segura de si, con mi estatus de princesa rehén, realmente sea necesaria una escolta. Pero, ¿Ya te vas?

—Si necesitas algo, pídeselo todo al hotel. Todo lo que perdiste en el incendio será compensado.

Antonio dejó esas palabras como último mensaje y se marchó repentinamente de mi habitación.

Ahora que lo pienso, debería ir a la sastrería a que me hicieran un traje. Estaba a punto de empacar mis cosas para salir cuando una mujer de mediana edad con un atuendo elegante visitó mi habitación. Ella se presentó como la sastre de la boutique del hotel.

—Es un placer ver a la princesa. Me enteré de que su ropa quedó destruida por el incendio. ¿Puedo tomarle las medidas?

Permanecí desconcertada y de pie durante todo el tiempo que el sastre tardó en tomar mis medidas corporales.

—Tiene unos ojos de un color jade muy claro. Haré un atuendo con un tono verde brillante para darle un aire sofisticado y puro.

Le pregunté por qué el hotel compensaba la ropa que se había quemado, pero ella se limitó a esquivar mis preguntas con su hábil elocuencia de un lado a otro.

Cuando terminé con mi trabajo de traducción por la noche, otro visitante tocó a mi puerta. Esta vez, al preguntarme quién sería, resultó ser el dueño de este hotel, el marqués Diego Fernández.

—La pasaré a buscar con mi carruaje la noche del banquete.

El marqués apareció sin previo aviso y me transmitió un aviso verdaderamente fuera de lugar.

—Disculpe, Marqués. ¿A qué se refiere de repente con eso?

—Escuché que necesita una escolta.

—¿Dice que usted me escoltará en el banquete? ¿Por qué motivo?

—¿Acaso no lo desea?

—...Porque el marqués y yo no tenemos esa cercanía. ¿Acaso se lo pidió Anton?

Ante mi pregunta, el marqués se quedó mirándome fijamente con una mirada llena de dudas. No sé por qué todos responden a las preguntas con otra pregunta sin contestar nada.

—Entonces, nos vemos ese día frente a la entrada principal del hotel. Que tenga una buena noche.

Me quedé mirando atónita la puerta cerrada después de que el marqués se fuera.

No sabía que Anton tuviera una relación cercana con el Marqués Fernández. Hacía poco tiempo que había venido como rehén desde Saragot, ¿cómo es que tenía conexiones con la alta aristocracia del imperio?

Fue un día lleno de misterios.

***

—¡Hermana!

En cuanto Joanna entró por la puerta del hotel, Joanna me reconoció y corrió hacia mí en un solo paso.

Mi hermana menor, a quien veía después de mucho tiempo, abrió ampliamente los brazos y me abrazó con fuerza.

Era nuestro reencuentro después de cinco largos años. Sonreí con torpeza mientras le daba palmaditas en la espalda.

—Has crecido mucho, Joanna. ¿Cómo has estado todo este tiempo?

Le pregunté por su bienestar mientras aflojaba un poco el abrazo.

Joanna había crecido hasta alcanzar una estatura similar a la mía. Tenía los mismos ojos color verde y el cabello castaño claro al igual que yo, pero el aire que proyectaba era completamente diferente.

Su coleta alta y su característica postura erguida destacaban. Quizás porque llevaba uniforme en lugar de vestido, su personalidad segura y enérgica brillaba con luz propia. ¿Había estado haciendo mucho ejercicio? Su figura era esbelta y se veía saludable.

—Estuve muy ocupada ayudando en los asuntos de estado de padre. ¡Y tú, hermana, te has convertido en toda una dama! Tu piel es blanca y tersa que te ves muy adorable.

—No digas esas cosas que me da vergüenza.

Me sonrojé sin motivo alguno ante el descarado cumplido.

Hasta el momento en que abandoné mi patria, yo le guardaba rencor a Joanna y sentía celos de ella. Pero ahora ya no albergaba ningún sentimiento negativo y hasta me alegraba verla. Al parecer, durante mi vida como rehén, aquella rivalidad punzante se había ido limpiando y redondeando poco a poco sin que me diera cuenta.

—¡Su majestad, el rey de Lote, hace su entrada!

Alguien gritó en voz alta desde la entrada del hotel.

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@Baut

Traducir es mi forma de leer dos veces. Leer es mi forma de vivir mil vidas.

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