Capitulo 9

Había pensado que aquello era el final. No esperaba que existiera una próxima vez. Pero, como si el destino así lo hubiese dispuesto, llegó ese día. Unas alas blancas y puras descendieron del cielo. Era imposible que no reconociera esas hermosas alas que iluminaron al instante el mundo oscuro, y ese precioso cabello plateado.

En el momento en que vio esas alas en el suelo, un pensamiento sucio brotó en su interior. Arrastrarla a esa bajeza. Arrastrar a esa mujer a este rincón inmundo y fangoso donde él se encontraba. Si él no podía alcanzar el mundo de luz donde ella vivía, al menos la arrastraría hasta lo más profundo del abismo.

En el instante en que cruzó ese pensamiento por su mente, sus manos ya estaban desgarrando las alas de ella. Su boca ya estaba devorando las alas de la mujer. Y en sus oídos resonaban los gritos de ella. Fue un acontecimiento que ocurrió en cuestión de segundos.

—Muriel…

Sakia murmuró, mirando su rostro exhausto mientras permanecía dormida. Aunque su cuerpo estaba manchado de sangre de origen desconocido y del semen de Beriel, su cuerpo parecía exhalar una fragancia embriagadora.

Un aroma característico de los ángeles.

Una dulzura tan intensa que mareaba los sentidos.

Su cuerpo era como una droga de la que uno no podía escapar una vez atrapado.

Sakia sabía perfectamente que ella le temía y lo aborrecía. Probablemente ese sentimiento jamás se borraría del interior de su mente. Ella lo detestaría y lo odiaría por el resto de su vida. Sakia lo sabía muy bien. Sabía que, sin importar lo que sucediera, ella nunca llegaría a perdonarlo.

Pero aún así, deseaba estar a su lado. Deseaba permanecer junto a ella aunque fuera aborrecido y considerado repugnante. No esperaba que ella le dijera palabras afectuosas. Creía que el cuerpo por sí solo era suficiente. Creía que el corazón era un lujo, y que el cuerpo por sí solo bastaba.

Si ella lo aborrecía, bastaría con mantenerla encerrada para impedir que escapara de su lado. Podía doblegarla mediante la fuerza, el terror y el placer. Era cuestión de someterla para hacerla suya por toda la eternidad. El único deseo de Sakia era que ella viviera a su lado, siendo sometida por él, odiándolo y permaneciendo unida a él de por vida.

No obstante, existía el temor de que ese anhelo jamás llegará a cumplirse. Si Lucifer le pedía cuentas por la muerte de Beriel, una inquietud punzante se apoderaba de Sakia al pensar que tal vez tendría que separarse de ella en contra de su voluntad. Si lo convocaban de regreso al inframundo, ella se quedaría allí completamente sola y podría convertirse en la presa de otros demonios o terminar siendo devorada por algún monstruo. En cualquier caso, era un callejón sin salida.

La mano de Sakia acarició con delicadeza el cabello despeinado de Muriel. Los mechones de plata pura se aferraban a sus dedos manchados de sangre. Sakia se inclinó lentamente y besó con suavidad aquellos cabellos. El aroma de ella comenzó a filtrarse en el interior de su boca.

***

—Puaj…

Se escucha el gemido doloroso de un demonio. Muriel dudó un instante. Cuando abrió los ojos, comprendió que ya no se encontraba en medio del bosque. Había sido trasladada a otro lugar mientras estaba inconsciente.

Era un castillo antiguo. Abrió los ojos en una habitación igualmente ruinosa de una fortaleza que parecía abandonada desde hacía muchísimo tiempo. Aunque había telarañas por todas partes, lo primero que captó su atención fue la figura de Sakia, quien estaba herida y gimiendo de dolor.

Lo último que había visto antes de perder el conocimiento fue el enfrentamiento entre Sakia y Beriel. ¿Acaso había resultado gravemente herido en esa pelea? El estado en el que se encontraba Sakia ante los ojos de Muriel era desolador. Las alas negras que cubrían por completo su cuerpo habían sido arrancadas hasta la mitad, y de las heridas manaba sangre sin cesar. La sangre también brotaba de su pecho. El líquido vital que fluía de su cuerpo había formado un charco espeso en el suelo.

Si lo dejaban así, moriría, pensó Muriel. El demonio que la había atormentado iba a morir. El mismo individuo que le había arrebatado las alas, la había humillado y la había sometido a toda clase de actos viles iba a morir.

¡Cuánto había maldecido a ese demonio! ¡Cuánto había deseado con todas sus fuerzas poder matarlo si tan solo hubiera tenido el poder necesario para hacerlo! Y ahora, ese anhelo estaba a punto de cumplirse ante sus propios ojos. El demonio se estaba muriendo. Los gemidos con los que intentaba reprimir su agonía y la sangre viscosa eran la prueba irrefutable de ello.

Estás muriendo. Este maldito demonio...

Muriel también había escuchado hablar sobre la muerte de los demonios. Cuando un ángel moría, su alma se conservaba garantizándole otra existencia, pero los demonios no tenían una segunda oportunidad.

La muerte significaba el final absoluto.

…Muere.

Pensó que era lo mejor. Se decía a sí misma que era maravilloso, sumamente maravilloso, después de todas las crueldades que le había hecho. Tenía que pensar de esa manera. Era lo que debía hacer.

Sin embargo…

—Mi cuerpo... está caliente.

Las cosas no ocurrieron como esperaban.

No debía sentir compasión por él, su voluntad no debía quebrantarse bajo ningún concepto, pero su corazón se estaba ablandando.

Muriel colocó la mano sobre la frente de Sakia. Su frente estaba hirviendo.

—Está caliente…

Si todavía conservaba algo de su poder como ángel, cabía la posibilidad de salvar a ese demonio. Su habilidad era la curación y la restauración. No obstante, no quería emplear ese poder en favor de aquel demonio. Incluso si le quedaban restos de su antiguo poder, se negaba a utilizarla por él. Era evidente que una vez que se recuperara de sus heridas, la humillaría de nuevo.

No. Eso jamás.

Muriel se mordió los labios.

En ese instante, la respiración de Sakia se volvió entrecortada. Sangre roja brotó de sus labios mientras tosía.

—¡Respira bien!

En ese preciso instante, sin pensarlo siquiera, Muriel apoyó la mano sobre el pecho de Sakia. Fue un gesto completamente impulsivo, un toque dado sin meditarlo. Pero al colocar la mano ahí, pudo percibirlo con claridad. Bajo su palma sintió el latido del corazón que aún se empeñaba en palpitar.

En ese momento, fue incapaz de albergar otro pensamiento. Si aquel ser, por muy demonio que fuera, poseía vida, debía ser salvado. Esa era la razón por la cual Dios le había otorgado la facultad de sanar. Ignorar aquello significaba traicionar el nombre de los ángeles y no por causa de la humillación sufrida, sino por decisión propia.

—No te muevas. Las heridas se abrirán.

Le importaba poco si él era capaz de escucharla o no. Con la mano apoyada sobre su pecho, Muriel cerró los ojos. Concentró toda su voluntad en la palma de su mano. Rezo con fervor desde lo más profundo de su alma. Suplicó que su poder no hubiera desaparecido.

¿Se había cumplido su deseo?

—Ah…

Muriel abrió los ojos. Las yemas de sus dedos brillaban débilmente.

—Mis poderes…

Aunque había perdido sus alas, sus poderes no habían desaparecido. Estaba agradecida de que, aunque su cuerpo se hubiera transformado en humano, sus habilidades aún permanecieran.

—…¿Muriel…?

Sakia abrió los ojos con mirada pálida y alzó el rostro para mirarla. Sus heridas se habían regenerado lo suficiente como para devolver la consciencia. A través de sus párpados entreabiertos, las pupilas de Sakia temblaban.

—Muriel…

¿Alguna vez su voz había sonado tan tierna al pronunciar su nombre? No, jamás.

Muriel dudó de sus propios oídos. Aquel demonio, cuyo tono solía ser siempre amenazante e infundir un terror paralizante, la llamaba ahora con una voz rebosante de dulzura. Una mano ensangrentada se alzó con torpeza para aferrar con fuerza la mano de Muriel que seguía apoyada en su pecho. Muriel no apartó la mano ni rechazó su contacto.

—Muriel…

Sakia se limitaba a repetir su nombre una y otra vez.

Al escuchar aquella voz, las lágrimas brotaron de los ojos de Muriel y rodaron por sus mejillas. Desconocía el motivo. Sencillamente comenzó a llorar. A medida que las lágrimas descendían, el rencor hacia el demonio se desvanecía. Quizá sus sentimientos de odio se estaban lavando junto con el llanto. Lo único que sentía era una profunda compasión hacia aquel demonio que llamaba su nombre de un modo tan desgarrador.

Por que era lamentable… Deseaba envolverlo en sus brazos y protegerlo.

En ese instante, sin que ella fuera consciente de ello, su espalda comenzó a emitir un resplandor sutil. Una pluma muy diminuta revoloteaba sobre ella.

Continuará en el volumen 2.

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@Baut

Traducir es mi forma de leer dos veces. Leer es mi forma de vivir mil vidas.

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