—¡Ugh...!
Su rostro, antes completamente pálido, se contorsionó por un punzante dolor que le atravesaba el hombro. Aquel rostro, que nunca se había manchado, estaba cubierto de suciedad.
—¡Ah!
Pero el dolor no terminó ahí. La sensación de que arrancaran sus extremidades, su cuerpo antes completamente pálido, se retorció por un dolor desgarrador. Nunca antes había experimentado un dolor semejante. El terrible dolor de que su cuerpo vivo fuera agarrado a la fuerza y desgarrado; sin embargo, no terminó ahí.
—¡Aaaah!
Sumergido una y otra vez en un sufrimiento que le hacía estar a punto de desmayarse, el dolor sacudía todo su cuerpo.
Finalmente, aquel lamentable cuerpo, que había perdido incluso la fuerza para luchar, se desplomó sobre la tierra y comenzó a sufrir espasmos. Levantó las manos temblorosas y cuando por fin tocó su espalda, sus dedos se paralizaron por la conmoción. Lo que se suponía debía estar ahí, había desaparecido.
Las alas que deberían estar ahí, las que deberían cubrir su espalda, habían desaparecido.
En su visión borrosa, sus dedos teñidos de rojo entraron en su campo de visión.
—No puede ser…
Un gemido de asombro se escapó de sus labios pálidos.
—No puede ser... —Esto es un sueño…
La sangre roja que brotaba de su espalda se filtraba a través del suelo empapando la tierra.
—¡No puede ser…!
Soltó un gritó desgarrador mientras se cubría la cabeza con las manos manchadas de tierra y sangre.
Si pierdes tus alas, no podrás volver.
No podrás volver a ese lugar alto y resplandeciente.
—¡No puede ser…! —¡Esto es ridículo! ¡Mis alas!.
Por mucho que gritara, era imposible que sus alas perdidas regresarán.
—Mis alas…
Ante sus ojos, como si se tratara de un grito, comenzaron a revolotear poco a poco fragmentos blancos y rojos. Las alas que hasta hacía un momento le cubrían la espalda, plumas rasgadas, se desprendieron ante su mirada. Las plumas, que en un principio eran completamente blancas, se tiñeron de rojo y se dispersaron llevadas por el viento oscuro.
—Mis alas…
Su grito se hundió en la oscuridad, desvaneciéndose. Tan vano como sus alas, aquel grito quedó esparcido en la oscuridad.
***
Cuando volvió a abrir los ojos, el aire frío del amanecer envolvía su cuerpo desnudo. Acostado en la pradera húmeda, cubierta por el rocío frío, tras haber perdido el conocimiento, se encogió ante el frío que invadía todo su cuerpo.
Un dolor que sentía por primera vez, un frío que sentía por primera vez.
Era algo que nunca había experimentado en el mundo celestial.
Lentamente elevó el rostro empapado de lágrimas y su cuerpo se estremeció ante el viento frío, estremeciéndose al ver su propio aspecto. Su cuerpo andrógino, que en el mundo celestial había sido tan bello, ahora presentaba unos bultos de carne que nunca antes había tenido.
Eran pechos de mujer.
Su aspecto actual era el de una mujer desnuda.
En los seres celestiales no existe el género. Sin embargo, el hecho de que ahora tuviera pechos de mujer era prueba de que había perdido su condición de ser celestial.
Se estremeció ante tal humillación. El frío era intenso, pero no podía dar ni un paso. No, aunque pudiera moverse, no sabía adónde ir. El mundo terrenal era un lugar desconocido para ella. Nunca antes había puesto un pie en él. Aunque siempre había escuchado hablar de que otros ángeles habían descendido al mundo terrenal, no tenía ningún conocimiento sobre él.
—Uf…
Sintió un peso que nunca había sentido mientras vivía con alas. Su cuerpo pesaba como si llevara una piedra a la espalda. Incapaz de hacer nada más que gemir de dolor, se decidió y comenzó a arrastrarse lentamente por el suelo. En una situación tan desastrosa que antes le habría resultado inimaginable, él… no, Ahora que se había convertido en ella, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
Ni siquiera tenía que pisar la tierra sucia; antes volaba con elegancia por el mundo celestial, lleno de luz, y ahora, ni siquiera podía imaginar que estuviera arrastrándose como una bestia sobre la tierra fría y sucia. Además, sin una sola prenda que cubriera su cuerpo, con el cuerpo desnudo de una mujer humana y en una imagen miserable, con la sangre coagulada que se derramaba por su espalda, se arrastró por el suelo.
—Ugh…
Por mucho que lo pensara, no había ninguna razón para que le hubiera pasado algo tan terrible. Convencida de que todo era culpa de aquel horrible demonio, se mordió los labios con fuerza. Ese demonio, tan feo y malvado, era quien la había convertido en esto.
«Tengo que volver».
Tenía que volver sin importar qué.
Pero ¿cómo iba a regresar al cielo tras haber perdido sus alas? Ni siquiera ella lo sabía.Ni siquiera ella misma sabía cómo hacerlo. Su única esperanza era que, tal vez, los demás ángeles vinieran a buscarla. La esperanza de que, mientras esperaba, aguantando el sufrimiento, sus compañeros ángeles vinieran a buscarla. La esperanza de que nunca la abandonarían de esa manera la hacía arrastrarse tenazmente por el suelo.
Fue entonces cuando escuchó un ruido metálico procedente de algún lugar.
Dejó de arrastrarse y miró hacia atrás. Atravesando la oscuridad del amanecer, se acercaba lentamente una carreta tirada por unas mulas. Quien conducía la carreta era un granjero bastante anciano. En circunstancias normales, ella no debería haber sido visible para los ojos de aquel granjero. Los ángeles son invisibles para el ojo humano. Sin embargo, cuando la carreta se detuvo y el granjero bajó de ella y se dirigió directamente hacia ella, se dio cuenta de la triste realidad: no solo había perdido sus alas y había adoptado forma humana, sino que también había perdido sus poderes de ángel.
Como resultado, se dio cuenta de que era como un ser humano tirado en el suelo el cual ya no podía ocultarse.
—Oye, tú…
El granjero se acercó a ella con mirada de sorpresa. De camino al campo para trabajar antes del amanecer, le había parecido ver algo blanco que descendía hacía el suelo, pero al acercarse se encontró con una mujer desnuda tendida entre la hierba. Además, sangraba por una herida que parecía tener en la espalda.
—¡Oh, Dios mío…!
El anciano granjero la levantó apresuradamente en brazos. Luego la subió a la plataforma de su carreta y se dirigió a toda prisa hacia su casa. Aunque no sabía cuáles eran las circunstancias, no podía dejar abandonada a una mujer herida.
Una vez en la plataforma de la carreta, la luz del amanecer se filtró sobre su cuerpo desnudo y blanco, que se balanceaba al ritmo de las sacudidas de la carreta. Ella ya ni siquiera podía emitir un gemido. Abrumada por la sensación de haberlo perdido todo como ángel, ya no podía mantener los ojos abiertos. Solo una profunda desesperación se apoderó de ella.
En sus ojos se reflejaba la cruel sonrisa de aquel demonio que había visto por última vez. Aquel demonio que le había arrancado cruelmente las alas. Aquel demonio que siempre la miraba con ojos de depredador. Aquel demonio que le había infligido la tragedia que ahora padecía.
“No puedo perdonarlo”
Mientras su conciencia se hundía en un lejano lodazal, pensó:
“Que nunca podría perdonarlo.”
“Que a ese demonio, en particular, nunca podría perdonarlo.”
Desde lo más recóndito de su conciencia se escuchaba una risa alegre. Era una risa llena de alegría y felicidad. Era esa risa que había escuchado cuando aún paseaba por el hermoso jardín del mundo celestial.
“Ah... Tengo que volver… Ahí…”
A lo lejos en su conciencia que se desvanecía, le pareció vislumbrar de repente aquel hermoso jardín.
Aquel hermoso jardín envuelto en luz.
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Juego del demonio
