Capitulo 2

*** 

—Muriel, ¿a dónde se dirige? —preguntó.

Al escuchar esa voz amable, él detuvo sus pasos y se giró, plegando con cuidado sus alas de un blanco puro. Ante esa sonrisa benevolente que habitaba en sus ojos color violeta, todos los ángeles que pasaban por allí se detuvieron, incapaces de apartar la mirada de él.

El ángel Muriel.

Era el nombre del ángel que poseía la belleza más noble de todo el Jardín Celestial. Su cabello de color plata pura fluía con suavidad, contrastando con el brillo de sus ojos violetas. Y, sobre todo, sus alas de un blanco inmaculado resplandecían con mayor nobleza que las de cualquier otro ángel.

La dulce sonrisa de aquel ángel, cuya belleza era tal que corrían rumores de que el mismo Dios se había esforzado al máximo al crearlo, provocó que los otros ángeles no pudieran ocultar sus miradas de admiración.

—He recibido el llamado de Zaguela y me dirijo a la Sala del Candelabro. He oído que hoy regresan los ángeles que habían descendido al mundo terrenal.

—Ah, ¿así que por eso la Sala del Candelabro ha estado tan ajetreada desde esta mañana?

Hoy era, precisamente, el día en que regresaban los ángeles que habían bajado al mundo terrenal una vez al año. Era una ocasión para consolar a los ángeles agotados por su estancia en la tierra y para animar a aquellos que serían enviados próximamente. En un encuentro así, Muriel, encargado de la sanación, no podía faltar. La capacidad de Muriel era precisamente sanar a aquellos que estaban heridos y necesitaban consuelo.

—Sin embargo, los que han estado hoy en la Sala del Candelabro dicen que allí había seres con alas oscuras...

—¿Alas oscuras?

Muriel inclinó la cabeza ante las palabras de su colega ángel. Era imposible que seres con alas de oscuridad, es decir, demonios, pusieran sus sucios pies en este mundo lleno de luz. Los guardianes de las puertas del Reino Celestial jamás lo habrían permitido.

—No puede ser. ¿Cómo es posible que seres con alas oscuras...?

—Se rumorea que es alguien llamado Sakia, quien recibió una orden secreta de Lucifer.

—Sakia...

Un brillo de genuino temor surgió en los ojos violetas de Muriel.

¿Acaso Lucifer no era el traidor del Reino Celestial? Sakia era la mano derecha de aquel rebelde que había desplegado sus alas de traición junto a los ángeles que lo seguían. Significaba que los demonios de alas oscuras, de quienes se decía que portaban el fuego en su mano derecha y la muerte en la izquierda, estaban ahora mismo en la Sala del Candelabro.

—Bueno, no creo que causen disturbios. Pero, aunque se mantengan en silencio antes de marcharse, el simple hecho de que seres tan malvados hayan entrado en este Jardín Celestial me resulta desagradable.

Muriel se despidió suavemente de su colega, quien fruncía el entrecejo con expresión de disgusto, y volvió a caminar hacia la Sala del Candelabro, sintiendo también una ligera incomodidad en sus ojos. Pensaba que, si permanecía en el mismo espacio que esos seres malvados, su suciedad podría contagiarse.

La caminata de Muriel hacia la Sala del Candelabro se hacía pesada, al pensar que sería un momento más desagradable que cualquier otro.

—¿Perdón?

Muriel no podía creer lo que escuchaban sus oídos. Zaguela, un ángel de rango superior al suyo, le había ordenado algo incomprensible. Le pedía que fuera a la Sala del Contrato junto a un demonio.

Cuando Muriel, atendiendo al llamado de Zaguela, entró en la Sala del Candelabro, lo primero que capturó su vista fue un demonio cubierto de pies a cabeza con un color negro azabache.

Su cabello largo también era negro. Sus ojos, que brillaban de forma desagradable, eran negros. Y Sakia, el demonio, incluso tenía alas formadas por plumas de un negro oscuro.

Ir a la Sala del Contrato con aquel demonio era algo que no podía aceptar de ninguna manera.

—Es tal como lo oyes. Ve a la Sala del Contrato con el Demiurgo Yaldabaoth Sakia. Tú, Muriel, serás mi representante, y el Demiurgo Yaldabaoth Sakia, es el representante del Señor Lucifer; debes firmar en la Sala de los Contratos

—Pero...

Muriel, que no deseaba permanecer ni un instante en el mismo espacio que semejante demonio, intentó mostrar su negativa con gesto incómodo, pero Zaguela lo miró con severidad.

—Es una firma sobre la autoridad para gobernar el mundo terrenal. Con esta firma se definen las áreas que controlarán los ángeles y los demonios en la tierra durante el próximo año. Es un asunto importante, por lo que, obligatoriamente, deberíamos firmar el Lord Lucifer y yo, pero dado que él no ha podido asistir, el Demiurgo Yaldabaoth Sakia firmará en su lugar. Como se trata de una firma por delegación, no me queda más remedio que presentar también a un representante. Muriel, debes ser mi representante.

Ante las palabras de Zaguela, que sugerían que su orgullo no le permitía estampar su firma junto a la de un demonio de bajo nivel como Sakia, Muriel no pudo seguir oponiéndose. Sabía que, si se negaba más, estaría dañando el prestigio de Zaguela.

—Entendido.

Respondió Muriel, tras asentir a regañadientes, levantó la mirada suavemente hacia el demonio que permanecía inmóvil en su lugar. Los ojos de un negro profundo observaban a Muriel fijamente. En el instante en que sus miradas se cruzaron, una ansiedad inexplicable invadió a Muriel.

La inquietud ascendía desde la punta de sus pies.

—Qué alas tan hermosas.

Esas fueron las primeras palabras de Sakia.

Sin embargo, Muriel no tenía el menor deseo de recibir halagos de un demonio. En realidad, no quería ni siquiera intercambiar una sola palabra con él.

—Son plumas de un blanco puro, más hermosas que las de cualquier ángel que haya visto hasta ahora. Un blanco inmaculado que nunca ha sido manchado...

Independientemente de lo que dijera Sakia, Muriel no mostró reacción alguna. Pensaba que no debía reaccionar a individuos como él. Simplemente, intentó ignorarlo por completo.

—Todo lo puro es hermoso. Ya sea el blanco puro o la oscuridad pura, el bien puro o el mal puro... Lo puro siempre resulta fascinante.

A pesar de que Muriel lo ignoraba —algo que Sakia debería haber notado—, él continuó hablando consigo mismo como si no le importara en absoluto.

CRASH.

Muriel empujó la pesada y firme puerta y entró primero en la Sala del Contrato. En el centro de aquel pequeño espacio, envuelto en una luz tenue, reposaba un libro abierto. Ese era el Libro del Contrato. Un libro donde, una vez al año, ángeles y demonios firmaban por separado. Al renovar el contrato cada año, se evitaban los conflictos en el mundo terrenal.

Según lo que estaba escrito allí, se decidían los asuntos del mundo terrenal durante el año. Si ese año habría inundaciones o sequías, si se desataría una epidemia o si ocurriría una guerra; todo se determinaba según el contenido del contrato de este libro. Dado que se decidían asuntos importantes de la historia humana durante todo un año, la firma era, asimismo, algo de suma importancia.

Muriel firmó con una pluma mojada en tinta y la dejó a un lado. Luego, dio un paso atrás. Ahora era el turno de Sakia para firmar. Muriel no le dirigió ni una sola palabra para instarlo a firmar. No quería ni compartir el mismo aliento. Su único deseo era terminar con la firma y salir pronto de esa habitación.

Scritch, scritch.

El sonido de la firma de Sakia resonó en silencio dentro del espacio cerrado. Para Muriel, aquel breve tiempo se sintió increíblemente largo.

—Ah, esto es...

Sakia, mientras firmaba, se giró hacia Muriel con expresión de desconcierto.

—Me he equivocado... ¿qué se supone que haga?

—¿Cómo?

Muriel respondió sin darse cuenta. Estaba desconcertado por las palabras de Sakia, quien afirmaba haberse equivocado en la firma, una firma tan importante. Muriel no sabía cómo proceder en este caso, pues nunca había oído que una firma pudiera salir mal.

—¿Debería arrancar la página y escribir de nuevo...?

Al ver que Sakia murmuraba aquello y actuaba como si estuviera a punto de arrancar la página donde había firmado, Muriel, alarmado, caminó inconscientemente hacia él con urgencia. No podía permitir que rompiera el libro a su antojo. Muriel, pensando que primero debían regresar y consultar a Zaguela antes de proceder a firmar de nuevo, estaba a punto de intentar detener la mano de Sakia cuando ocurrió.

—Qué inocente eres.

Los ojos oscuros de Sakia se clavaron con nitidez en las pupilas de Muriel. Aquella sonrisa cruel también se grabó en sus ojos en ese breve instante.

—Creerte algo así de verdad.

En un descuido, la mano de Sakia ya estaba rodeando la espalda de Muriel. Muriel, sobresaltado por el contacto de aquella mano que se había colado entre sus alas blancas para sujetarle la espalda, intentó zafarse, pero no pudo superar aquella fuerza. Un poder intenso al que le resultaba imposible resistirse lo mantenía abrazado, sin dejarlo ir.

—Por eso no debiste ignorarme. Sería bueno que supieras que, si sigues ignorándome, también hieres mis sentimientos. Querido ángel noble.

Aquellos ojos de color negro azabache reían con crueldad. Los ojos negros, lúgubres y codiciosos, reían como si estuvieran a punto de devorar a Muriel en cualquier momento. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Muriel.

Tuvo la alucinación de que su vista se teñía de una oscuridad total.

Sus ojos negros azabache, junto con aquel cabello impregnado de la sombra de la noche y sus lúgubres alas negras, cubrían su campo de visión. Bajo ese lúgubre aura de oscuridad, y sin ser siquiera capaz de reconocer que se encontraba en la Sala del Contrato, rodeado por la luz sagrada, Muriel tembló de miedo.

—E-es usted un grosero.

Muriel intentó esforzarse por escapar de los brazos de Sakia.

Fue entonces.

—¡Mmph...!

La mente de Muriel se quedó en blanco. Los labios de Sakia habían sellado los suyos. A diferencia de Muriel, cuyos ojos se habían quedado rígidos ante una situación tan repentina, la mirada de Sakia destilaba una relajada calma. Aquel demonio había planeado esto desde el mismo momento en que entró en la Sala del Contrato.

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@Baut

Traducir es mi forma de leer dos veces. Leer es mi forma de vivir mil vidas.

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