Capitulo 4


—¡Ah! ¡Aah! ¡Ah, aah!

Ante la sensación de calor que invadía su parte inferior, Muriel se mordió los labios. Sakia tomó el fluido que brotaba de la vagina de ella con sus dedos y lo frotó sobre su clítoris.

—No tienes cara de ángel, sino de una bestia en celo. Una bestia obscena.

—¡Qué, qué haces! ¡Sácalo! ¡Te he dicho que lo saques!

Algo viscoso se estaba introduciendo en el cuerpo de Muriel.

Era su primera vez experimentando algo así. Era la primera vez que se convertía en humana, la primera vez que poseía órganos sexuales femeninos y, por primera vez, un objeto extraño penetraba en su interior. Por más que fuera solo un dedo, para ella, el acto de ser penetrada resultaba angustiante.

—¡No! ¡Sácalo!

Sakia introducía y extraía sus dedos lentamente una y otra vez.

—¡Ah!

—Eres increíblemente estrecha.

El rostro de Muriel estaba teñido de un rojo intenso. En el lugar donde el dolor electrizante había pasado, comenzaba a instalarse una sensación extraña.

—¡Aah! ¡Mmh!

El sonido de salpicaduras húmedas, un sonido lascivo que le daban ganas de taparse los oídos, resonaba en el lugar. Muriel no quería creer que aquel ruido emanaba de su propio cuerpo. Su mente se estaba quedando en blanco.

—¡Ah!

En el momento en que los dedos de Sakia, que rondaban la entrada, se hundieron repentinamente en su interior, Muriel levantó la cadera con un sobresalto.

—Vaya, sí que sientes placer.

—¡No quiero! ¡Ah, aah!

Sakia estimuló obsesivamente un punto específico, haciendo que las piernas blancas de Muriel patearan el aire repetidamente. Contra su propia voluntad, su cuerpo aceptaba el placer y comenzaba a calentarse.

—¡Uuh! ¡No quiero! ¡He dicho que no!

—Solo déjate llevar por el instinto. El instinto humano, el instinto obsceno.

Un éxtasis que experimentaba por primera vez invadió a Muriel. Incapaz de resistir la sucesión de placeres y delicias, Muriel movía sus caderas mientras lágrimas manchadas de vergüenza brotaban de sus ojos.

El sonido de ¡PLOP, PLOP! se propagaba de forma lasciva. Sakia removió sus dedos dentro de la vagina de ella, provocando que se formara una espuma viscosa entre sus piernas. La mezcla de espuma y fluido brotaba de su abertura, que se había dilatado obscenamente. Mientras las lágrimas corrían por sus mejillas y su cuerpo expulsaba aquel líquido impuro, Sakia susurró en voz baja al oído de Muriel:

—De nada sirve que llores ahora. Tendrás que vivir para siempre en esta tierra de humanos siendo violada por mí. Manchada por aquel a quien tanto despreciabas y que te causaba tanto asco. ¿Probamos con cuántos dedos podemos entrar? ¿Mi pura y noble ángel?

—¡Aah!

Otro dedo se añadió al interior de Muriel, como si intentara ensanchar su estrecho conducto. Al compás del movimiento de los dedos que entraban y removían, el sonido de los fluidos obscenos en la entrada se intensificaba.

Estaba siendo violada.

El demonio que le había arrancado las alas ahora estaba devorando su carne. Aquel demonio que le había arrebatado para siempre el camino de regreso al Cielo estaba intentando engullir hasta la última pizca de pureza que le quedaba.

—¡Ah! ¡Aaaah!

Los dedos de Sakia, que retorcían y abrían su estrecho pasaje, ya habían llegado a tres. Sus dedos se movían como si quisieran exprimir el fluido que desbordaba de su interior.

Cada vez que lo hacía, el éxtasis explotaba dentro de ella. Muriel sentía miedo ante aquel placer desconocido. Le aterraba ser conquistada por este placer inexplicable. Y le resultaba tremendamente vergonzoso y aterrador ser conquistada, además, por un demonio como él.

—¡Mmh…! Por favor, te lo ruego…

Sakia presionó los muslos de ella con sus manos. Debido a la presión, su pétalo secreto quedó completamente expuesto ante los ojos del demonio. Aquella zona obscena, revelada sin ocultar nada, ya estaba roja por el calor y empapada de humedad. Sakia contempló aquel lugar lascivo, donde los labios rojos palpitaban, mientras tragaba saliva. Muriel cerró los ojos, abrumada por la vergüenza de sentirse observada.

Deseo.

Placer.

Todo tabú estaba a punto de romperse. En el momento en que los dedos de Sakia salieron de su interior, sus dos manos presionaron los muslos de ella con más fuerza.

—¿Qué? ¡Eso es…! ¡No! ¡No quiero!

Muriel gritó y retorció su cadera. Sakia había acercado su rostro entre las piernas de ella y había posado sus labios sobre sus pétalos obscenos y palpitantes.

Una lengua húmeda y viscosa succionó su feminidad. Cada vez que la lengua lo rozaba, sus pétalos lascivos se contraían y abrían, como si exigieran un placer aún más cruel.

—¡No!

Muriel se arqueó hacia atrás mientras todo su cuerpo temblaba. Un placer incomparable al de los dedos estaba invadiendo su cuerpo por la fuerza.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Aah!

Aunque gritaba que no quería, que no estaba bien, su cuerpo recibía aquel placer con fruición. Su mente moría de vergüenza, pero su cuerpo se alegraba. Incapaz de soportar la locura de esa contradicción, mientras ella gemía, Sakia succionó su pequeña protuberancia.

En ese instante, su conexión con la realidad se cortó.

—¡Ah! ¡Aaaah! ¡Haah!

El calor acumulado en su cuerpo se agitó como si fuera a estallar. Un líquido ardiente brotó a borbotones de su interior. Cada vez que Sakia rozaba su carne interna con su lengua, que lamía con lujuria tanto el líquido obsceno como sus pétalos palpitantes, un gemido indecente escapaba involuntariamente de los labios de Muriel.

—Ah… ¡Uuh! Ah…

Con el hilo de sus pensamientos completamente roto, los ojos de Muriel se perdieron, mirando fijamente hacia el techo de madera. Saliva que no pudo tragar se deslizó por sus labios entreabiertos.

—Vamos, derrumbate. Cae en la depravación hasta llegar al fondo del infierno, hasta llegar a la oscuridad donde yo estoy.

Sakia torció los labios mientras contemplaba el rostro de ella, quien, fuera de sí por el éxtasis, no lograba recuperar la cordura.

—¡Juuuh…! ¿Qué?

Muriel, que miraba el techo con la mente en blanco, reaccionó ante una sensación extraña en su parte inferior. Sintió algo caliente y duro, algo que no podía compararse con los dedos ni con la lengua, recorriendo su cuerpo. Ella no sabía qué era aquello.

—¿Qué…?

—Una cosa inmunda te atravesará y te marcará. Una marca que indicará que eres mía para siempre.

Antes de que pudiera comprender completamente las palabras de Sakia, el miembro del demonio comenzó a abrirse paso retorciendo su estrecha piel y penetrando en su cuerpo.

—¡No! ¡Aaaah!

Ante la sensación de que su cuerpo era desgarrado, Muriel se resistió sacudiendo todo su ser. Las lágrimas brotaron nuevamente de sus ojos mientras gritaba de miedo y por el dolor de sentir su carne abierta.

—¡Aaaah!

—El dolor es pasajero; pronto te acostumbrarás y serás tú quien se aferre a mí.

Sakia, con seguridad, levantó las dos piernas de ella. Con las piernas dobladas a la mitad, presionó pesadamente su cuerpo y penetró aún más, dividiendo su ser.

—¡Duele! ¡Dije que duele! ¡No, demonio! ¡No quiero!

Algo parecido a un pilar de fuego ardiente y gigante entraba en su cuerpo. Sentía que el interior de su ser se quemaba con ese calor. Sentía que su estrecho conducto se desgarraba por completo ante aquel pilar grande y rígido.

—¡Agh! ¡Mmh!

Su rostro, manchado por el sudor y las lágrimas mientras jadeaba con dificultad, avivaba aún más el deseo de Sakia.

—Te dejaré las manos libres.

Dicho esto, sus muñecas, que habían estado atadas por el cabello de Sakia, fueron liberadas. Sus manos, ahora libres, se agitaron en el aire. Quería agarrarse a algo para mitigar aquel dolor, pero no había nada a qué sujetarse.

—Agárrame.

Aunque no lo hubiera pedido, no tenía otra cosa que agarrar que no fuera la espalda de él. Sus manos, que revoloteaban en el aire, tocaron la espalda de Sakia. Sintió sus alas. Alas negras y lúgubres. En el instante en que sus dedos sintieron aquellas plumas, recordó sus propias alas perdidas.

—¡Hmph!

Pero tenía que aferrarse. Sentía que no podría soportarlo a menos que se aferrara a algo. Incluso si se trataba de un oponente maldito que le infligía tal humillación.

—¡Haah!

Con su carne aún insertada en ella, la mano de Sakia frotó su clítoris. Lo masajeó dibujando círculos y luego lo retorció con los dedos. Ante ese movimiento lascivo, Muriel olvidó el sufrimiento y su vulva, que volvía a humedecerse, comenzó a apretar la carne de Sakia que estaba enterrada en su interior.

—¡Haah! ¡Haaaah!

Un placer diferente al dolor brotaba dentro de ella. Era el mismo placer que la había dejado aturdida unos momentos antes. Sakia, al notar que se estaba mojando nuevamente, empujó su cintura hacía su entrada.

—¡Mmh! ¡Uuh!

Tras lograr introducir la totalidad de su miembro en su interior, Sakia soltó un jadeo agitado. El cuerpo de él y el de ella estaban pegados como si fueran uno solo. Sus partes íntimas estaban completamente unidas, produciendo un sonido viscoso y pegajoso.

Las alas negras de Sakia cubrieron el cuerpo desnudo y obsceno de ella. Muriel jadeó mientras era envuelta por aquellas alas lúgubres. Aunque pensaba que aquello era una humillación vergonzosa, no podía dejar de gemir.

—¡Duele! ¡No! ¡No te muevas…!

Cuando Sakia comenzó a moverse, un gemido femenino lleno de placer fluyó de la boca de Muriel. El pequeño ático se llenaba con la respiración agitada de hombres y mujeres y los sonidos obscenos del agua fangosa.

—¡Agh!… ¡Haah!…

El cuerpo de Muriel, mientras lloraba, se sacudía violentamente. Sus manos se aferraron desesperadamente a la espalda de Sakia, bajo sus alas negras.

—¡Agh! ¡Ah!… ¡Ah!…

Dentro de su cuerpo, la parte de Sakia se sentía cada vez más grande. Ante el placer de ser penetrada una y otra vez por sus embestidas, Muriel gritó hasta quedarse sin voz. El sonido de carne contra carne resonaba violentamente, y cada vez, un líquido obsceno brotaba de su interior con un ruido húmedo. Cada vez que el miembro de Sakia embestía su vagina, gemidos indecentes escapaban de sus labios sin control.

—¡Aaang!… ¡Agh! ¡Ah!

—Me voy a correr. Dentro de ti.

Muriel no sabía qué significaba exactamente que Sakia fuera a "correrse". Pero presentía que era algo temible. Debido a que Sakia la abrazaba con fuerza, su miembro se enterró aún más profundamente en su interior.

—¡Va a salir…!

—¡Haah! ¡No, nooo!

Algo caliente se derramó dentro de su cuerpo. El chorro ardiente que expulsaba el miembro de Sakia se expandió por el interior de ella.

Era una marca.

Una marca que decía que ella era suya.

Al esparcir el semen del demonio dentro de ella, la estaba reclamando y marcando. Una vez que el semen era eyaculado en su interior, no desaparecería durante un tiempo, dejando su territorio señalado dentro de ella para evitar que otros demonios se acercaran.

Incluso si había perdido sus alas y se había convertido en un cuerpo humano, su apariencia única de ángel y su aroma particular permanecían. Y el aroma de un ángel atrae a los demonios. Todos los demonios de la tierra se reunirían para violar a este pobre ángel caído. Si la dejaba así, terminaría siendo violada por docenas, cientos de demonios, hasta ser destrozada y morir.

El aroma de un ángel era así de fascinante. Por eso, debía marcarla para evitarlo. Como se marca a una bestia, había rociado su semen en este ángel que se había convertido en su posesión. Era una forma de marcar territorio, de anunciar que él, Sakia, el favorito de Lucifer, era el dueño de este ángel.

Por supuesto, el semen no duraría mucho. Aguantaría apenas un día o dos. Antes de que el olor desapareciera, solo tendría que volver a rociarla. La violaría cada noche y volvería a derramar su semen dentro en ella.

«No podrás escapar de mí».

Sakia sonrió sombríamente mientras miraba a Muriel, que estaba jadeando sin aliento.
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@Baut

Traducir es mi forma de leer dos veces. Leer es mi forma de vivir mil vidas.

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