Capitulo 5


'‘Duele….’'

El interior de su cuerpo, y en especial su desgarrada parte inferior, clamaban de dolor.

Inmediatamente después de que concluyera aquel acto vil, Sakia, aquel sucio demonio, se desvaneció sin dejar rastro. Y ella se quedó sola en aquel pequeño ático. A pesar de todo el alboroto, los granjeros, dueños de la casa, no abrieron la puerta ni se asomaron, como si hubieran salido a trabajar. Ella pensó que tal vez el demonio les había echado un hechizo para que no se dieran cuenta de nada.

Su oponente era un demonio. No sería extraño que hiciera cualquier cosa.

Muriel permanecía tendida en la cama de paja, con los ojos abiertos de forma vaga, limitándose a exhalar el aire. Las lágrimas ya no brotaban. Había llorado tanto que sentía como si todo el líquido de su cuerpo se hubiera agotado. Al mover las piernas, algo resbaló desde el interior de su cuerpo. Era una sustancia pegajosa.

“Lo odió.”

Ella también sabía perfectamente qué era aquello. Eran los sucios residuos de lujuria que Sakia había liberado en su interior hacía un momento. Y no solo eso: todo su cuerpo conservaba los vestigios de Sakia. Sus muñecas, atadas por el cabello del demonio, estaban llenas de moretones, y en sus piernas, sus brazos y sus pechos, en cada lugar que los labios de Sakia habían tocado, florecían marcas rojas.

“Por favor, que alguien me diga que esto es un sueño.”

Muriel cerró los ojos con angustia. 

Por más que lo pensaba, no lograba comprender por qué le estaba ocurriendo algo así. ¿Qué había hecho mal? ¿En qué momento se había torcido todo? ¿Acaso su error fue descender a la tierra por orden de Zaguel? ¿O haberle mostrado una rendija de debilidad en la sala del pacto antes de eso? ¿O tal vez la tragedia había comenzado al prestar junto a él el juramento de los representantes? Pensara lo que pensara, no había forma de dar marcha atrás.

“Supongo que nunca podré regresar al Cielo.”

Muriel se mordió levemente el labio. Con un cuerpo tan mancillado, le resultaba imposible volver al cielo. Aunque las alas le brotaran de nuevo, jamás podría regresar. No se trataba de una mancha cualquiera: era un cuerpo mancillado por un demonio. Había sido ultrajada por un demonio y había recibido su sucio semen dentro de sí. Al poseer la apariencia de una mujer humana, existía la posibilidad de que engendrara la semilla del demonio.

Había oído que en la tierra abundaban los seres nacidos de la unión entre demonios y humanos. A diferencia de los ángeles, los demonios poseían sexo, por lo que seducían y violaban a los humanos para engendrar híbridos. Muriel sabía que casi todos esos mestizos nacían siendo prácticamente monstruos.

Temblaba al pensar que ella también podría dar a luz a un monstruo así. Sentía terror por el semen que aún quedaba dentro de ella, el semen que le corría por las piernas. Se acurrucó de miedo, como si un monstruo pudiera salir de su vientre en cualquier momento.

***

Cuando volvió a abrir los ojos, la mano del granjero le sacudía el hombro. Al despertar y sentir la mano arrugada del granjero, lo confundió brevemente con un sueño, pero un leve rastro rojo que asomaba por debajo de su falda le indicó que no era un sueño..

La sopa de verduras que preparó la esposa del granjero estaba deliciosa. Era la primera vez que probaba la comida de los humanos. Aunque solo llevaba papas, zanahorias y repollo, y no tenía nada de especial, pensó que le resultaba tan sabrosa gracias a su calidez.

A partir de ahora, tendría que comer para sobrevivir. A diferencia de los ángeles, que podían vivir sin alimentarse, los humanos necesitaban comer, dormir y también defecar. Los humanos enfermaban, envejecían y, con el tiempo, morían. En eso se había convertido. Ella se había convertido en ese tipo de humana. La idea de que su piel blanca y pura algún día se arrugaría como la de aquella anciana granjera, y que ella también volvería al polvo, la sumía en la miseria.

Su orgullo arrogante, el que la hacía vivir siempre con la dicha de ser la existencia más hermosa del cielo, se desmoronaba en silencio. Solía vanagloriarse de que no había ningún ángel más bello que ella. Por eso despreciaba aún más a los feos demonios.
¿Acaso estaba recibiendo un castigo por ello? ¿Por eso había sido arrojada como ofrenda a aquel sucio demonio? Si aquello era su castigo, ahora que estaba arrepentida solo deseaba que le devolvieran todo a la normalidad, pero tal cosa no sucedió.

—¿Le resulta incómodo el ático?—preguntó con dulzura la esposa del granjero.

Curiosamente, a Muriel no le salía la voz cuando estaba ante los humanos. Como si estuviera bajo una maldición, las palabras no brotaban de su garganta. Ante la reacción de Muriel, que se limitó a negar con la cabeza en lugar de responder, la mujer del granjero sonrió de forma amable.

Muriel pensó que eran personas verdaderamente buenas. Se felicitó por haber encontrado a gente tan noble; si aún conservara sus facultades como ángel, habría bendecido a ese afable matrimonio.

—Para recuperar las fuerzas debe comer bien, pero nuestra situación no es muy buena últimamente, así que lo siento —dijo el granjero a modo de disculpa.

Ante esas palabras, Muriel evocó sus recuerdos del cielo. Ese había sido el motivo por el cual Zaguel la había enviado a la tierra: para ofrecer consuelo a los humanos del mundo terrenal que sufrían por las epidemias y las sequías. Sin embargo, era ella quien estaba recibiendo ayuda y consuelo de los humanos.

—El ganado no para de morirse... Como también se mueran las vacas y las ovejas que nos quedan, de verdad no sé cómo vamos a vivir…

Mientras escuchaba las lamentos del granjero, Muriel se miró las manos. Aunque había perdido sus alas y se había convertido en un cuerpo humano, si todavía le quedaba algo de su poder, tal vez podría ayudar a ese bondadoso hombre. Su habilidad era la curación y la restauración. Pensó que, con suerte, podría sanar al ganado enfermo.

***

El demonio regresó junto con la noche.
En el instante en que descubrió la figura del demonio, ella lo intuyó: esa noche se convertiría en una larga y tormentosa pesadilla.
La casa del granjero estaba en calma. Tal vez por el viento, la contraventana del ático castañeteaban. Entonces, el demonio se aproximó despacio hacia la cama de paja donde ella yacía.

—Te ves con mejor cara. Parece que los humanos de esta casa te tratan bien —se rió el demonio con voz baja.

Aquella risa le produjo un escalofrío a Muriel en todo el cuerpo.

—He visto que viven dos humanos. Un par de criaturas débiles e insignificantes. De esas que podría despedazar solo con una de mis uñas...

—No les pongas ni un solo dedo encima.

Muriel sintió un miedo repentino. Temió que el demonio pudiera hacerles daño a los bondadosos granjeros solo por el hecho de haberla ayudado. Tratándose de él, era más que capaz de hacerlo.

—Tengo hambre, así que a veces también me como a los humanos. Su sabor no es nada del otro mundo comparado con el de un ángel, pero para saciar el hambre viene de maravilla.

Sakia se pasó la lengua por los labios y se los lamió.

—¡Te he dicho que no lo hagas! Si les haces algo a esas personas…

—¿Acaso tienes el poder para detenerme? Mi pobre Angel sin alas.

Sakia miró a Muriel con una sonrisa cargada de burla.

—Si no tuviste fuerza ni para resistirte y me entregaste la pureza de ese cuerpo, ¿pretendes detenerme ahora?

—Tú…

Muriel se mordió el labio. Le daba rabia, pero lo que decía era verdad.

—En ese caso, te daré una oportunidad. Empiezo a tener hambre y me apetecería comerme a esos humanos, pero si me seduces de forma lasciva, puede que cambie de opinión.

—¿Qué?

Las palabras de Sakia hicieron que Muriel abriera los ojos con perplejidad. Aquel demonio le estaba pidiendo ahora que lo sedujera. Muriel lo miró fijamente, preguntándose si aquello tenía algún sentido.

—No importa si no lo haces. De todas formas te voy a humillar, y luego devoraré a esos humanos como si fueran un aperitivo

—...

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@Baut

Traducir es mi forma de leer dos veces. Leer es mi forma de vivir mil vidas.

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