—¿Qué pasa, noble ángel? Si huiste de mí, deberías suplicar que te perdone la vida, ¿por qué pides que te mate? ¿Eh?
La mano de Sakia se posó sobre los cabellos plateados de ella.
—¿De verdad deseas que apreté tu cuello? ¿Quieres que derramé tu sangre noble aquí y desgarre tus alas en jirones para dispersarlas? Cortar tus extremidades para exhibirlas como para que las veas. ¿Qué te parece? ¿Quieres que lo haga?
Sakia rió cruelmente por encima de su cabeza. Al escuchar esa risa, Muriel asintió.
—Por favor, hazlo. Hazme pedazos las alas, córtame las extremidades, hazlo. Con tus propias manos…
Pensó que sería feliz si él la hiciera pedazos. Sería feliz si fuera él quien la destrozara. Entonces, la mano de Sakia tocó su cuello. Estaba estrangulando su cuello.
—Ugh...
Las venas comenzaron a marcarse en el rostro de Muriel. Mientras la falta de aire la asfixiaba, sus dos manos, caídas sin fuerza, empezaron a temblar con violencia. Mirando hacia abajo el rostro de ella que se ponía completamente pálido, Sakia estranguló su cuello con ambas manos.
—Yo confíe en ti, pero tú me traicionaste. Traicionaste mis sentimientos, te burlaste de mí y huiste. Este es el precio por ello.
Mientras perdía el conocimiento, con los labios temblando por ser estrangulada, Muriel notó una herida en su muñeca con la vista borrosa. Estaba tan conmocionada por la situación que no se había fijado en las heridas de sus brazos y de todo su cuerpo.
Él estaba herido. Debían ser las heridas que Sakia había tenido que sufrir para infiltrarse en este lugar. Y con esas heridas, tendría que volver a escapar de aquí.
El corazón de Muriel se contrajo de dolor ante las heridas de él. Había venido hasta aquí soportando lesiones tan solo para encontrarse con ella. Aunque fuera con la intención de matarla.
«Lo último que puedo hacer por ti...»
Muriel levantó sus dos manos desprovistas de fuerza. Y las posó sobre el brazo de Sakia, sobre aquel brazo que estaba estrangulando su cuello.
«Tú... no vuelvas a hacer daño nunca más...»
Un débil resplandor brotaba de las manos de ella puestas sobre el brazo de Sakia. Con sus últimas fuerzas, había curado su herida.
—¿Qué, qué estás haciendo?
Ante su acción inesperada, Sakia la miró fijamente con furia.
—Tú, tú...
Con la voz ronca a duras penas por el estrangulamiento de él, Muriel abrió los labios con dificultad. No lograba articular palabra de manera correcta.
—Tú, tú... no te hagas... daño... No sufras... porque ya no puedo... curarte... más...
Las manos de Muriel, que apenas había terminado de hablar, cayeron sin fuerza del brazo de Sakia. Con un sonido sordo, su brazo se desplomó, y dentro de las manos de Sakia, el cuello de ella se inclinó lánguidamente hacia un lado.
—¿Muriel?
Sakia pronunció su nombre.
—¿Muriel?
Pero no hubo respuesta de su parte. En un instante, la herida del brazo de él, la herida de su pierna y la herida de su pecho se habían curado. Y el cuerpo de ella se estaba enfriando.
—¿Muriel...?
Apartando por fin las manos del cuello de ella, Sakia la abrazó contra su pecho. El cuerpo de ella, que hasta hacía un momento estaba cálido, se estaba enfriando.
—¡No! ¡Muriel!
¿Por qué había dudado de ella?
¿Por qué no podía creerle?
¿Por qué no podía ver la sinceridad en sus ojos?
¿Por qué no podía percibir el amor en su voz?
¿Por qué no podía percibir el deseo desesperado contenido en su último gesto?
¿Por qué no podía comprender su sinceridad, su deseo de dedicar toda su vida a salvarlo, a curarlo? Gritando con un torrente de arrepentimiento y culpa, Sakia sacudió su cuerpo.
—¡Abre los ojos! ¡Muriel!
No había venido hasta aquí con la intención de matarla. No se había infiltrado en esta tierra prohibida arriesgando la vida para matarla. Tan solo quería desahogar su resentimiento. Deseaba desahogar un montón de reproches y volver a estar junto a ella. Aunque ella lo aborreciera, solo quería estar de nuevo a su lado, incluso si tenía que secuestrarla de este sitio.
Pero en el instante en que escuchó su voz suplicando que la matara, su mano se movió involuntariamente. Pensando que ella lo odiaba y lo rechazaba tanto que prefería morir antes que estar con él, la estranguló. Pero en ese momento se dio cuenta de que no era cierto.
Lo había descubierto en las últimas palabras de ella, en su última mirada, en su última toqué sanador.
La sinceridad de ella.
Que ella lo amaba.
Del mismo modo en que él la amaba a ella.
—¡Muriel...!
Cuando Sakia dejó escapar un grito casi desgarrador, vio los dedos de Muriel, que se movían levemente.
—¿Muriel?
Ella seguía con vida.
Sosteniendo su cuerpo frío contra su pecho, Sakia se puso de pie. Las alas blancas de ella colgaban lánguidas desde el interior de sus brazos.
—Vámonos. Vayamos a un lugar donde nadie nos moleste y vivamos juntos por toda la eternidad, solo nosotros dos.
Susurrando en los oídos de ella, que estaba perdiendo el conocimiento, Sakia emprendió la marcha.
Sakia, que salió caminando de la biblioteca, lo aguardaban una innumerable cantidad de alas. Ángeles con espadas y arcos en sus manos lo rodearon a él y a ella. Kamael se encontraba de pie en el centro de todo.
—Deja a Muriel ahí y retírate, demonio.
Las pupilas de Kamael destilaban intenciones asesinas. Se decía que, a pesar de ser un ángel, su capacidad supera la de los demonios. Sakia no apartó la mirada de los ojos llenos de hostilidad de Kamael, quien era el líder de los ángeles de rango medio que comandaban los ejércitos celestiales. Por supuesto, Sakia también sabía que se trataba de un ángel al que no podría vencer con su propio nivel. Pero tampoco tenía intención de retirarse dejando a Muriel atrás, tal como él exigía. Se había jurado que, si no podía irse junto a ella, prefería morir a su lado.
—Si no podemos vivir juntos, moriremos juntos.
Mientras las palabras cortantes brotaban de los labios de Sakia, la espada de luz en la mano de Kamael se alzó.
—Te mataré tal como lo deseas.
Sakia cerró los ojos ante aquella hoja deslumbrante que descendía como para cortarlo de un solo corte. Si moría junto a Muriel en ese instante, todo terminaría. Lo único que lamentaba era no haber podido decirle que la amaba. Lamentaba profundamente no haber tenido la oportunidad de decirle que sentía haberla malinterpretado.
Sakia abrazó con fuerza el cuerpo de Muriel que llevaba en brazos.
¡KAAANG!
Fue en ese momento cuando resonó un ruido aterrorizante.
—¡Lucifer!
Sakia abrió los ojos ante la voz llena de furia de Kamael. Unas alas de color negro azabache semejantes a la oscuridad ondeaban y se agitaban frente a sus ojos.
—No te alteres demasiado, Kamael. No está bien alterarse entre amigos a los que no has visto en mucho tiempo.
Las pupilas de Lucifer, oscuras como la penumbra, sonreían con soltura. Su espada había desviado el filo de Kamael.
—¡Cómo te atreves a venir a este lugar!
—¿Aquí? ¿El lugar donde solía vivir? Qué bien se siente regresar al hogar después de tanto tiempo.
Lucifer miró a su alrededor con indiferencia.
—No pretendo causar ningún alboroto. Simplemente he venido a reclamar lo que es mío.
—¡No digas tonterías!
—¿Qué beneficio obtendríamos peleando aquí? Si este alboroto llega a oídos del Ser Supremo, no será bueno para ninguno de los dos, ¿verdad?
El dedo de Lucifer señaló hacia arriba. Ante ese gesto, Kamael apretó los dientes. Lo que decía era verdad. Si el alboroto crecía aún más, no sabía qué tipo de castigo o amonestación podría recaer sobre él. Era obvio que la responsabilidad de haber permitido la brecha para que un demonio se infiltrara recaería sobre Kamael. Además, si llegaba a entablar combate con Lucifer, el daño resultante no terminaría en un nivel aceptable. Era un rival contra el cual había que estar preparado para ver volar por los aires al menos a la mitad de este mundo celestial. Así era ese demonio llamado Lucifer.
—Lleguemos a un acuerdo en términos razonables, Kamael.
—¿Un acuerdo?
—Yo también habría querido vivir ignorando las cosas que ocurren por aquí, pero lo que pasa es que estoy genuinamente fascinado.
—¿A qué te refieres?
La ira de Kamael también se iba calmando de manera progresiva.
—¿Puedes creer el hecho de que un demonio se enamore? ¿Kamael?.
—¿Qué dices?
—¿No te lo crees? A mí me pasa igual. Y sin embargo, eso ha sucedido. Es el milagro entre los milagros. Por eso no puedo permitir que ese milagro desaparezca de forma absurda.
—¿Te refieres a la historia de ese demonio?
Kamael señaló a Sakia, quien sostenía a Muriel en brazos.
—Aunque es un tipo que también se me rebeló, él me cayó bien. Así que quiero mediar en su lugar. Creemos una zona neutral, Kamael.
—¿Una zona neutral?
—Un espacio donde los ángeles y los demonios puedan coexistir. Por supuesto, bajo la condición estricta de que se trate de un ángel y un demonio enamorados el uno del otro.
—Qué... una estupidez semejante...
—De esa manera podemos explorar un nuevo camino para nosotros. No podemos seguir viviendo gruñéndonos el uno al otro por siempre, ¿verdad? Creemos un espacio que demuestre que nosotros también podemos caminar juntos. Por supuesto, si con esos dos la historia termina ahí, tampoco importa. No hay pérdidas para ninguno de los dos mundos. ¿Qué te parece?
—Dios no lo va a permitir.
—De todos modos Él no se entromete en nuestros asuntos, ¿verdad? Para sus ojos no somos más que unos potrillos descarriados, alguien a quien puede apretar o soltar en la palma de su mano en cualquier momento, ¡así que ni prestará atención a un acuerdo tan insignificante entre nosotros!
—¿Por qué te importa tanto ese demonio?
Lucifer esbozó una sonrisa astuta ante la pregunta de Kamael.
—Porque logró hacer lo que yo deseaba.
Sus pupilas brillaban dirigidas hacia Kamael.
—Me refiero a enamorarme de un ángel, Kamael.
—...
—Porque algún día yo también quiero enamorarme de un ángel.
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Juego del demonio
