Capitulo 21



—¿Necesitas una compensación? ¿Qué es lo que quieres...?

Pregunté con cautela, y el búho respondió sin dudar:

[Haz que pueda volar.]

—¿Hacerte volar? Entonces, ¿eso significa que quieres que te libere?

Le pregunté de nuevo al búho mientras miraba de reojo a Anton. Él adoptó una expresión seria y negó con la cabeza.

—Eso es imposible. Antes de que el Gran Templo se dé cuenta de que el ave ha sido reemplazada, debo devolverla a su lugar.

Al parecer, Anton había cambiado en secreto a este búho por otro para encubrir lo que había hecho.

[¡No me refiero a eso! ¡Solo quiero comprobar si soy un pájaro capaz de volar!]

El búho se ofendió y extendió enérgicamente las alas dentro de la jaula.

Mientras mantenía las alas bien pegadas al cuerpo, no me había dado cuenta de nada… Las plumas de sus alas estaban cortadas casi por completo, dejando unas alas delgadas y desprovistas de su belleza. Parecía un abanico de lujo al que le hubieran arrancado todas las plumas, dejando únicamente las finas varillas.

[La altura del techo de esta habitación es considerable, con solo intentar volar aquí será suficiente].

Añadió el búho, alzando la vista hacia el techo del dormitorio. Aunque era verdad que el techo de aquella habitación era lo suficientemente alto como para superar la altura de la segunda planta de cualquier edificio convencional.

Al contemplar sus alas lúgubres, se me encogió el corazón.

De pequeña, en el Palacio Real de Lote, había visto a los entrenadores recortar las plumas de los loros que criaban. Sin embargo, nunca las cortaban de forma tan extrema. Después de todo, incluso los loros de invernadero necesitaban volar, aunque fuera a poca altura, para ejercitarse y mantener sus pulmones saludables.

Tal vez aquel búho jamás había volado una sola vez desde que nació. ¿Acaso lo habían criado y domesticado de esa manera en la Gran Basílica?

Anton también parecía un poco desconcertado.

—…No sé cómo pretendes volar con esas alas que parecen un abanico sin plumas. Puedo aplicarte un hechizo de levitación.

[¡No! ¡Quiero volar con mis propias alas! Si vuelo con la fuerza de otro, ¿qué sentido tendría? Ustedes que presumen de ser magos tan formidables, ¿es que acaso ni siquiera saben cómo devolver mis alas a su estado original?]

El búho nos miró alternativamente a Anton y a mí, y dejó escapar una exclamación de fastidio.

Era una situación complicada. Yo no era más que una intérprete, no una maga.

—Oye, Anton. Te lo pregunto por si acaso. ¿Crees que sería posible regenerar mediante magia las plumas que le cortaron?

Se lo pregunté con cierta duda, sin saber si aquello realmente funcionaría. Anton guardó silencio durante unos instantes antes de abrir la boca.

—...No es imposible.

Anton salió a grandes pasos del dormitorio y le dio una orden a alguien. Al poco rato, se escucharon unos golpes firmes en la puerta.

—No te alteres, aunque reconozcas a quien entre.

Con una sonrisa amarga, Anton le indicó a la persona que estaba al otro lado de la puerta que pasara.

La persona que abrió la puerta y entró fue…

—¿Eh? ¿Tú?

¿Por qué estaba aquí mi doncella, la que debería haber estado en el Hotel Fernández?

Era Kallen. En cuanto me vio, se puso rígida y se detuvo en seco, como si jamás hubiera imaginado encontrarme allí.

Su atuendo habitual también era distinto. No llevaba el uniforme de falda negra que vestían los empleados del hotel, sino un traje de combate con hombreras metálicas ceñidas a los hombros, semejantes a las que usan los guerreros.

Kallen miró de reojo a Anton y luego inclinó profundamente la cabeza hacia mí.

—Me alegro de verla, princesa. Ah, es que… explicarlo llevaría mucho tiempo…

¿Acaso ya se conocía con Anton desde antes? ¿Era por eso por lo que había mostrado un aire sospechoso cuando Anton se había pasado por mi habitación? La curiosidad empezó a burbujear en mi interior.

—De las explicaciones a Josefina ya me encargaré yo.

Anton sacó al búho de la jaula, la posó sobre su antebrazo y levantó una de sus alas.

—Como ves, los malditos sacerdotes le han recortado las plumas de esta manera.

—Vaya, ¿están locos? Se supone que en el imperio los búhos son los representantes de los dioses.

—Tampoco imaginé que lo trataran así. En fin, este búho quiere que le regeneremos las plumas. A veces has conseguido que a Nathan le vuelva a crecer el cabello. ¿Podrías hacer algo parecido?

Anton se lo preguntó a Kallen. Por alguna razón, aquella manera de exigirle algo le resultaba completamente natural.

—Oye, Anton. ¿Quién es Nathan?

Como había mencionado de repente a alguien a quien yo no conocía, le pregunté con cautela.

—Alguien. Un calvo. Forma parte de mi orden de caballería.

—…Ah, ya veo.

Eso significaba que en la orden de caballeros dirigida por Anton había un hombre llamado Nathan, y que Kallen había conseguido que le volviera a crecer el cabello.

No lo sabía. Desconocía por completo que Kallen poseyera una habilidad semejante.

Mientras tanto, Kallen se había acercado a Anton y examinaba de un lado a otro las alas del búho.

—¿Se refiere a un conjuro de regeneración temporal? No estoy muy segura de si algo pensado para el cuerpo humano funcionará bien en un animal. El efecto no durará ni una hora, tal como pasó con Nathan.

—Buho. Con suerte durará una hora, ¿te parece bien?

Le preguntó Anton al ave situada sobre su brazo.

[No hay problema. Ya lo dije. Solo quiero comprobar si soy un ave capaz de volar].

El búho parpadeó inocentemente con sus ojos de color rosa. Parecía entusiasmado ante el hecho de que pronto podría intentar volar.

—Dice que le parece bien. ¿Puedes hacerlo ahora mismo, Kallen?

Traduje de inmediato para transmitírselo a Kallen. Ella asintió enérgicamente con la cabeza.

—¡Por supuesto! Me concentraré un momento.

Kallen colocó ambas manos sobre las dos alas del búho y cerró los ojos. Al ver el leve movimiento de sus labios, parecía estar recitando algún tipo de hechizo.

Poco después, una suave luz de color verde brotó de las palmas de Kallen.

La luz, que al principio era difusa, fue cobrando forma gradualmente.

Algo comenzó a brotar en capas sobre las escuálidas alas del búho.

Como la magia tenía un tono verdoso, la escena recordaba por completo a los brotes tiernos que germinaban en las ramas de los árboles.

Aquella luz verde se expandió poco a poco hasta alcanzar el tamaño de hojas grandes, adoptando finalmente una forma muy similar a la de unas plumas nuevas.

—Bueno, al menos ha funcionado.

Kallen sonrió cerrando los ojos. En cuanto retiró las manos de las alas del búho, la luminosidad mágica de tonalidad verdosa se disipó y, para entonces, ya habían emergido unas plumas blancas y frondosas.

[¡Oh, oh! ¿Mis alas tienen originalmente una forma tan fantástica?]

El búho abrió de par en par ambas alas y soltó un grito que parecía un alarido de júbilo.

Parecía ser la primera vez que contemplaba sus alas en plenitud. Sospechaba que los sacerdotes se las recortaban una y otra vez antes de que las plumas tuvieran oportunidad de volver a crecer.

—Parece que le gusta. Me habría gustado que fuera una regeneración permanente, pero como esta magia es de uso exclusivo para primeros auxilios, su duración es breve. Por lo general se emplea cuando hay desgarros o heridas punzantes.

Dijo Kallen mientras se rascaba el cuello.

Aunque había pensado que no era una persona corriente al ver su complexión esbelta y firme, jamás imaginé que Kallen fuera además una poderosa maga capaz de dominar la magia curativa.

Aplaudí con una admiración genuina. Dejando a un lado la enigmática relación entre Kallen y Anton, tenía muchas ganas de presenciar cuanto antes a el búho volando libremente.

—Bien, búho. Si hace mucho que no vuelas, es posible que los músculos de tus alas estén poco desarrollados y te cueste trabajo. Aun así, por probar no pierdes nada. Inténtalo ya.

Anton extendió por completo el brazo derecho donde estaba posado el búho, como instándole a volar.

[¡De acuerdo!]

El búho aleteó con todas sus fuerzas y saltó hacia el aire.

¡Aleteo, aleteo!

Acompañado de un aleteo enérgico, el cuerpo del búho fue elevándose poco a poco en las alturas.

El ave intentó volar hacia el otro extremo de la estancia. Sin embargo, después de avanzar unos metros, comenzó a perder altura poco a poco hasta que, finalmente, cayó de golpe al suelo.

Me acerqué corriendo de inmediato para comprobar cómo se encontraba el búho.

[No te acerques. Molestas. ¡Voy a intentarlo de nuevo!]

Sin rendirse, el búho se puso en pie otra vez. Abrió las alas de nuevo con amplitud y alzó el vuelo con fiereza.

¡Aleteo, aleteo! El sonido del roce de las plumas contra el aire resonaba por toda la habitación.

El búho repitió el proceso de elevarse por el aire, caer al suelo y volver a volar una y otra vez, hasta en veinte ocasiones.

Tal y como había dicho Anton, probablemente los músculos de sus alas estaban poco desarrollados, por lo que el tiempo de planeo era reducido.

Aun así, mostraba una actitud de poner a prueba sus propios límites exprimiendo todas sus fuerzas.

¿Cuántas veces habría repetido el mismo movimiento, elevándose y luego descendiendo? Unas veinte veces, tal vez.

La altura a la que volaba el búho fue aumentando poco a poco, hasta el punto de rozar prácticamente el techo.

[¡Vaya, parece que ahora sí, ahora sí me sale un poco mejor!]

El búho atravesó la estancia de un extremo a otro, surcando el aire con sus alas.

Aunque todavía no podía compararse con Luna, una lechuza que volaba libremente por el exterior, parecía haber recuperado la agilidad suficiente para volar como un ave salvaje.

[¡Guau, vuelo! ¡Estoy volando!]

El búho estaba tan absorto en el vuelo que parecía haber aislado por completo todos los sonidos del mundo.

Se lo veía completamente liberado.

Tras unos instantes, se posó sobre la moldura dorada del armario para recuperar el aliento. Sus ojos rosados, que brillaban con intensidad, se dirigieron hacia nosotros.

[¡Gracias, humanos! Dicen que los practicantes de la magia pueden hacer cualquier cosa, ¡y resulta que es verdad!

El búho disfrutó de la libertad de volar de forma casi ininterrumpida durante una hora.

Contemplando al búho volar con entusiasmo, Anton exhaló un profundo suspiro. Su expresión reflejaba una mezcla de pensamientos difíciles de descifrar.

—Parece un ave que vuela por primera vez en su vida. Me pregunto si no deberíamos prohibir que críen búhos en el templo. Dicen que son la representación de los dioses, pero resulta que, desde que son pequeñas, les cortan las plumas para impedirles volar.

—Pues sí. Tratándose de los búhos del templo, uno pensaría que viven rodeados de lujos y comodidades, pero, a fin de cuentas, no pueden vivir como las aves que son.

Acaricié la jaula en la que había estado confinada el búho. Aunque era un objeto costoso, fabricado en oro y adornado con numerosas joyas, estaba segura de que aquel búho jamás se habría conformado con un espacio tan reducido.

[¡Oh, oh, oh!]

El búho, que daba vueltas alrededor de la lámpara de araña, cayó de golpe desde el techo. Al parecer, el efecto del conjuro había llegado a su fin, pues las plumas se habían desvanecido y sus alas habían recuperado su aspecto original. Antonio corrió a toda velocidad para atraparlo en el aire.

—¿Estás satisfecho, búho? Me parece que ya has comprobado que puedes volar.

[...Sí. Con esto basta. Les contaré el oráculo que desean conocer].

El búho, acurrucado en los brazos de Antonio, respondió a regañadientes.

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@Baut

Traducir es mi forma de leer dos veces. Leer es mi forma de vivir mil vidas.

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