Solo en el despacho, Antonio se levantó de su asiento y se dirigió hacia la ventana. Uno de los caballeros mágicos bajo su mando estaba entrando en sus aposentos.
Poco después, se escuchó un ruido al otro lado de la puerta.
—Soy yo.
—Entra.
El caballero mágico llevaba una jaula de pájaros en la mano.
En el posadero de la jaula dormía un búho de plumaje completamente blanco.
Esa era la razón por la que Antonio había llegado con un ligero retraso al banquete de este día. Él mismo había participado en la operación para sacar en secreto al búho de la Gran Basílica, un lugar fuertemente custodiado.
Curiosamente, el único día en que se producía un vacío en la seguridad de la Gran Basílica era hoy, cuando hasta los sumos sacerdotes asistían al banquete.
Las comisuras de los labios de Antonio esbozaron una suave sonrisa. Todo estaba saliendo a la perfección.
«Josefina de Iote, podrás escapar del Palacio de Rubí. Por tus propios medios»
***
La luz del sol se filtraba a través de mis párpados cerrados. Me froté los ojos y me incorporé lentamente.
«¿Dónde estoy?»
Miré a mi alrededor. El techo, tan alto que parecía perderse en las alturas, me resultaba desconocido, y la gigantesca cama, adornada con cenefas doradas, también me era extraña. Era incluso más lujosa que el hotel en el que me hospedaba.
Y, sobre todo, el camisón blanco como la nieve que llevaba puesto era algo que nunca había visto antes. El mío no tenía tantos pliegues decorativos.
De repente, el rostro sombrío de Antonio vino a mi mente. Entonces, recordé el tacto de su piel contra mis labios.
—...¡Ah!
Al final, los recuerdos de la noche anterior terminaron por acudir a mi memoria.
Me había besado con Antonio. No, para ser más precisa, había sido yo quien le había robado un beso.
Después de beber el alcohol que Tilla había adulterado a escondidas.
Al darme cuenta de lo que había pasado, el corazón se me aceleró y sentí que me ardían las mejillas.
—Estoy loca...
Espero no haberme lanzado sobre él hasta el punto de devorarlo por completo. Me metí bajo la ropa para examinarme la piel. Por suerte, no tenía ninguna marca en el pecho que mereciera la pena mencionar.
Soltando un suspiro de alivio, volví a mirar a mi alrededor.
—Entonces, ¿esto es... la habitación de Anton?
—Sí, así es, princesa.
Mi murmullo recibió respuesta. Me sobresalté tanto que me escondí bajo las sábanas.
¿Quién es? ¿Quién diablos puede ser? Aunque la voz era tranquila y claramente femenina.
—Soy la condesa Margarita Moreno, la doncella que, en adelante, estará a su servicio. ¿Puedo preguntarle cómo se encuentra?
Preguntó la mujer con un tono de voz respetuoso.
Retiré con cuidado la colcha que me cubría. La mujer aparentaba unos cincuenta años y vestía un vestido de satén azul marino, cuyo cuello le llegaba hasta la mitad de la garganta. Su postura, firme e imperturbable, irradiaba la distinción propia de una dama de la nobleza.
—...Estoy bien.
Mi estado físico no era malo, pero sentía una extraña sensación de plenitud justo debajo de la boca del estómago. La sensación de ingravidez que había experimentado ayer, cuando Antonio sostuvo mi cuello, parecía persistir débilmente. Mi mente estaba más lúcida que nunca, a diferencia del día anterior, cuando me encontraba aturdida por el alcohol.
—Entonces prepararé el baño ahora mismo.
La condesa tiró de la cuerda de servicio situada junto a la cabecera de la cama. En apenas unos segundos se abrió la puerta y cuatro sirvientas entraron en fila.
Las doncellas me ayudaron a levantarme de la cama y, sujetándome por ambos brazos, me llevaron al cuarto de baño.
La bañera, lo suficientemente grande como para nadar en ella sin dificultad, estaba llena de agua caliente. Pétalos de rosas blancas flotaban a la deriva sobre la superficie, mientras un vapor blanquecino se elevaba lentamente.
Justo antes de meter los pies en el agua de la bañera, me detuve en seco. ¿Por qué había aquí una condesa del Imperio ejerciendo como jefa de las doncellas? ¿Y por qué había tantas sirvientas atendiendome? A mí sólo me habían asignado una doncella llamada Kallen.
Aunque preguntará, ¿acaso obtendría alguna respuesta?
Sin más remedio, me desnudé y recibí los cuidados de las sirvientas durante el baño.
Mientras percibía el cálido aroma de los aceites perfumados que se extendía por el agua, me dejé llevar por sus suaves caricias. Todo mi cuerpo se relajó por completo.
Al terminar el baño, las sirvientas trajeron un vestido de color rosa pálido que no sabía de dónde habían sacado y me ayudaron a ponérmelo. No tenía adornos extravagantes, pero me gustaron el sutil brillo de la tela y su suave tacto.
Sobre todo, se ajustaba a mi cuerpo como por arte de magia. Como si hubiera sido hecho a medida.
Tras maquillarme ligeramente, las sirvientas trenzaron con esmero el cabello de ambos lados y lo sujetaron a la altura de la nuca con un listón. Me quedé mirando fijamente mi reflejo en el espejo. Parecía una persona completamente distinta de la mujer que, apenas ayer, se había arreglado de una manera tan vulgar.
Las sirvientas volvieron a conducirme a la habitación de Anton.
—...¿Por qué me han traído aquí otra vez? Ahora debería regresar a mi habitación.
—Nos han dicho que espere aquí un momento
—Ah, ah, ¿es así?
Me puse nerviosa de repente y respondí de forma poco natural.
Me sudaba la espalda de los nervios. Después de haber montado un escándalo tan indecente por culpa de la fiebre, ¡tenía que volver a encontrarme con él cara a cara!
No sé el resto, pero de una cosa estoy segura.
Ya me resultaba imposible mantener una amistad cercana con Antonio.
¡Zas!
Un escalofrío me recorrió el cuerpo al escuchar la puerta abrirse, y me giré.
Antonio estaba de pie, recostado despreocupadamente contra el marco de la puerta.
Tragué saliva mientras lo contemplaba. El atuendo que llevaba Antonio ese día era inusual: un uniforme militar de color negro azabache, tan oscuro como el plumaje de un cuervo, con hombreras doradas y una capa echada sobre uno de sus hombros.
Con un atuendo tan elegante, parecía completamente diferente, hasta el punto de resultarme extraño. Normalmente vestía camisas sencillas o túnicas, y ayer, en el banquete, también llevaba un atuendo simple y sin adornos.
—¿Por qué entras así de repente...?
—Es mi dormitorio. No hay ninguna razón particular para entrar tocando la puerta.
Dijo él mientras caminaba a zancadas hacia mí.
Al observar las innumerables condecoraciones prendidas en el pecho de su chaqueta, me quedé desconcertada. Por lo general, los príncipes rehenes no suelen vestir uniformes de gala tan llamativos.
Por más que lo pensara, me resultaba sospechoso.
Era un atuendo propio de los príncipes de este Imperio, pero ¿acaso…?
No. No tiene sentido. No puede ser. A menos que esté intentando ganarse el favor del príncipe para quedarse aquí como invitado distinguido.
—Aparte de eso, a partir de ahora te contaré algo importante, así que presta atención.
Ahora que lo miraba con más atención, Anton sostenía en una mano un objeto cilíndrico de gran tamaño, cubierto con tela de terciopelo. Tenía un asa en la parte superior, por lo que parecía una mezcla entre una cesta y un bolso.
—Hay una manera de que dejes de ser una rehén. Y no me refiero a que vayas a un convento.
—¿De qué... se trata?
Ante su expresión solemne, sentí nervios por alguna razón, y mi voz tembló al terminar de hablar.
¿Qué Anton me sacaría de aquí? Sinceramente sonaba a estupidez, pero viendo el aura que desprendía, parecía prudente escuchar en silencio hasta el final.
—Debes superar una prueba.
—¿Qué clase de prueba?
Justo cuando empecé a dudar, Anton retiró con cuidado la tela de terciopelo que envolvía el objeto que sostenía en la mano.
Por fin, aquello que ocultaba quedó al descubierto.
…Era una jaula de pájaros.
Un búho de plumas blancas como la nieve dormía plácidamente. Era un ave preciosa, con el rostro en forma de corazón y un pico gris plateado.
—Me llevó bastante tiempo despistar a decenas de caballeros del templo y sacarlo de allí sin que me descubrieran.
Anton soltó semejante barbaridad como si nada. Eso significaba que había sacado a escondidas un búho del templo, custodiado por los caballeros sagrados. Me quedé con la boca abierta, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.
Mientras yo seguía aturdida, Anton me encargó una tarea.
—Interrógalo y descúbrelo. ¿Cuál es el contenido del oráculo que descendió hace tres meses?
Me quedé paralizada.
Que me pidiera interrogar al ave significaba que Anton ya había descubierto mi habilidad especial.
—Cómo... lo sabes...
Me había empeñado en negarlo rotundamente desde el principio. Entonces, ¿cómo se había enterado? Mientras cerraba los puños con fuerza sobre el vestido debido a la tensión, él abrió de par en par la puerta de la jaula.
Con un chasquido metálico, el búho blanco se estremeció un par de veces y abrió lentamente los ojos. Sus iris, finalmente expuestos, eran de un intenso tono rosa brillante. Parecían albergar pétalos de flores de cerezo en su interior.
Era una estampa mística. Lo que completaba el aura sagrada del búho era un resplandor blanquecino, parecido a una fina neblina, que brillaba siguiendo el contorno de su cuerpo.
Aquella mirada de suave resplandor transmitía una sensación de tranquilidad inexplicable. Tuve la intuición de que esta ave era completamente inofensiva.
«Guau, qué hermosa es...»
Como hipnotizada, extendí la mano hacia el interior de la jaula abierta.
[¡Eh, tú! ¡Te atreves a tocar a la representante de la diosa Merva!]
Sobresaltada por la repentina reprimenda, aparté la mano de inmediato. El búho, con aire majestuoso, levantó la cabeza con orgullo y me lanzó una mirada desdeñosa.
—Ah, lo siento. Hice eso porque eres muy hermosa.
[Vaya, lo que uno llega a ver después de vivir tanto tiempo. ¿También eres maga? ¡Quién diría que una simple humana puede comprender mis palabras!]
El búho clavó su mirada fijamente en mi rostro con sus grandes ojos.
Entonces, Anton me guiñó un ojo, indicándome que preguntara rápido.
—Me llamo Josefina. Quiero saber cuál fue el oráculo que descendió hace tres meses.
El búho cerró lentamente los ojos, como si intentara evocar un acontecimiento del pasado.
[Mmh, hace tres meses… Fue el día en que una figura importante visitó el templo. Pero ¿acaso crees que voy a revelar semejante información a cambio de nada?]
El búho me propuso un trato. Tragué saliva con dificultad. No era un ave fácil de tratar.
