Apoyé ambas manos en la cama y me incorporé con dificultad.
Anton enseguida sostuvo mi espalda con una mano. Parecía preocupado al ver que incluso sentarme por mí misma me suponía tanto esfuerzo.
A medida que mi torso se inclinaba cada vez más hacia delante, me apoyé en su pecho para sostenerme. Nuestros rostros quedaron tan cerca que las puntas de nuestras narices casi se rozaban. A tan poca distancia, su rostro parecía aún más hermoso, como una delicada escultura.
A pesar de ser una noche oscura, sus ojos dorados, ocultos bajo largas pestañas, brillaban con la intensidad del sol del mediodía. En contraste, sus labios húmedos parecían aún más tentadores. Tal vez por eso, mi garganta se secó todavía más.
—Tengo sed...
Como alguien hechizado por un oasis en medio del desierto, acerqué mis labios a los suyos y los besé. Cerré los ojos con dulzura. Sus labios estaban húmedos y tibios. Al sentir aquel roce suave y delicado, una oleada de calor se extendió desde lo más profundo de mi pecho, recorriendo todo mi cuerpo.
Mis labios se separaron con un suave chasquido.
—¿Te has vuelto loca?
Las pupilas de Anton estaban enormemente dilatadas. Parecía completamente sorprendido.
Asentí con la cabeza. Al fin y al cabo, era cierto que en aquel momento estaba un poco fuera de mí. Sin embargo, tenía la certeza de que no me arrepentiría.
—Mira, yo… prefiero que mi primera vez… no sea a la fuerza.
—Vaya, claro.
Anton arqueó una ceja, me tomó de la barbilla y alzó suavemente mi rostro.
—Si de todos modos voy a perder la virginidad… quiero que sea contigo.
Ante mis palabras, una de las comisuras de sus labios se alzó en una sonrisa ladeada.
—¿Así que pretendes darme tu primera vez?.
—...Sí.
No quiero acabar deshonrada. Y Anton no parece ser el tipo de hombre que vaya a arruinarme la vida.
—Ahora yo también tengo que saber… cómo es… acostarse con un hombre…
La emoción me abrumó y no pude terminar la frase.
Sí, esta era una elección egoísta, pensada únicamente para mí.
No sabía absolutamente nada sobre ese tipo de asuntos. Precisamente por eso quería saberlo. ¿Qué tendría de especial para que los príncipes perdieran la cabeza de esa manera?
¿No estaría bien si mi primera vez fuera con Anton? Un príncipe de otro país que se encuentra en mi misma situación. El primer amigo que hice al llegar al palacio imperial. Aunque sea solo una corazonada, parecía que él también sentía algo de atracción hacia mí.
—Josefina de Lote.
—...Sí.
—Pretendes entregarte a mí por una razón tan absurda como esa.
La voz de Anton sonaba como la de un juez solemne. Igual que aquel entonces, cuando me contó con todo detalle que un sacerdote había intentado abusar de mí.
—¿Acaso te parezco de la misma calaña que esos tipos?.
Anton me preguntó con tono cortante, con los labios pegados a mi oído. Y añadió:
—En lugar de decir que quieres conocer a los hombres, deberías decir qué quieres conocerme a mí— ¡uf!
Sin darme cuenta, lo agarré del cuello de la camisa y tiré de él con fuerza.
Prácticamente le tapé la boca con la mía antes de que pudiera responder. Sentí cómo su enorme cuerpo se tensaba de inmediato.
Sentía como si alguien desconocido se hubiera apoderado de mi cuerpo y lo obligara a actuar de aquella manera tan alocada… Era completamente incapaz de controlarlo.
Con la certeza de que ya no había vuelta atrás, cerré los ojos con fuerza. Nuestros labios se separaron con un suave muac. Su cálida mano acunó mi rostro mientras acariciaba suavemente mis mejillas.
—Ja, ¿hasta dónde pretendes ponerme a prueba?
Exhalando un suspiro agitado, esta vez fue él quien acercó sus labios.
Nuestros labios se presionaron y rozaron, abriendo levemente el espacio entre ellos. Una lengua gruesa forzó la apertura entre los dientes e invadió el interior sin contemplaciones.
La masa húmeda que se introdujo profundamente buscó la mía y tiró de ella para enredarla. La saliva se mezclaba y, en el hueco donde hacían contacto, se escapaban sonidos húmedos de slurp, slurp.
Hasta el más mínimo roce de nuestras lenguas se sentía con una intensidad desconocida. Ante aquella sensación de excitación que experimentaba por primera vez en mi vida, me estremecí de hombros y tragué saliva con dificultad.
Aquel beso profundo, por sí solo, me provocaba una sensación de urgencia, como si estuviera al borde de un precipicio. Cuando encogí instintivamente los hombros, él mordisqueó y acarició mis labios con suavidad, como si intentara tranquilizarme.
Muac. Con un último beso ligero, se apartó de mis labios.
Luego, rodeó mi nuca con un brazo y me recostó lentamente sobre la cama.
—Las provocaciones terminan aquí. Si no estás en tu sano juicio, no voy a seguirte el juego.
De repente, percibí una sutil vibración en la mano que sostenía mi nuca. Una sensación tan escalofriante como refrescante se extendió por todo mi cuerpo.
Un aura completamente distinta a aquella picazón que hormigueaba en el vientre estaba fluyendo hacia mi interior. Tenía la sensación de que algo desconocido estaba siendo vertido en un espacio vacío dentro de mí cuya existencia ni siquiera conocía.
Sin embargo, no era capaz de señalar exactamente a qué parte correspondía.
—Se siente... Ahh, extraño.
Llegué a experimentar una sensación de ingravidez, como si todo mi cuerpo flotara por los aires.
—Tú... ahora mismo.
Al parecer, Anton también había percibido algo, pues me miraba desde arriba con el rostro aún más tenso.
—¿Acaso... has aceptado mi maná?
Mi sentido auditivo se encontraba aturdido, como si se me hubiera metido agua en los oídos, por lo que no logré escuchar bien lo que dijo.
—Duerme por ahora.
Él cubrió mis ojos con la palma de su mano. Al mismo tiempo, mis párpados se volvieron pesados como si estuvieran hechos de plomo y se cerraron lentamente. Era como si alguien me hubiera hipnotizado.
—…Era un recipiente.
Escuché su murmullo mientras mantenía los ojos cerrados.
No entendí a qué se refería. Aquella noche de locura terminó allí.
—Era… un recipiente.
Al ver a Josefina durmiendo plácidamente, Antonio gimió como si lamentara algo.
Ya le había aplicado la magia hipnótica desde el momento en que la sujetó del cuello para recostarla.
Para una persona normal, esto habría significado caer profundamente dormida de inmediato, pero ella se quejaba diciendo que sentía una sensación extraña.
El efecto se había retrasado porque su cuerpo había absorbido una parte del maná.
Un «recipiente». Así se denomina a aquellas personas que han nacido con magia, pero que no han podido convertirse en magos.
La época de manifestación en los seres humanos con maná latente suele ser entre los cinco y los siete años. Sin embargo, si superan la etapa de crecimiento sin aprender a circular el maná dentro de su cuerpo, la generación interna de este se detiene por completo.
En consecuencia, se convierten en un recipiente incapaz de producir maná por sí mismo. Vienen a ser prácticamente iguales a una persona común y corriente.
No obstante, si logran recibir maná inyectado por alguien que posea un poder fuerte....
A medida que el maná se aloja en el recipiente interior, la persona adquiere la capacidad de usar la magia, fundamentándose en la habilidad especial que posee.
Antonio volvió a recordar su primer encuentro con ella.
—Si lo que vi es correcto, tu habilidad especial es…
—Seguramente puedes controlar a las aves.
Al principio, la princesa lo había negado. Sin embargo, Kallen, tras observar de cerca, le informó que parecía poseer una habilidad especial.
Antonio tenía cierta certeza al respecto.
«Al haber nacido en una familia bendecida con el don de las lenguas, es muy probable que haya heredado el lenguaje de las aves como habilidad especial.»
Si recibía inyecciones de maná en el futuro, ella podría fortalecer aún más esa habilidad sobrenatural.
No obstante, había un solo problema.
El método mediante el cual un «recipiente» recibe maná inyectado por otra persona es...
El contacto físico, tal como ocurrió hace un momento. Yendo más allá, el contacto de membranas mucosas. En última instancia, la unión sexual era el método más eficiente.
Antonio la observó con una expresión de reproche.
En ese momento, Josefina dormía plácidamente con su vestido carmesí medio desabrochado.
La parte de la copa que sostenía sus pechos se había aflojado, dejando al descubierto aproximadamente la mitad de sus generosos senos. Se alcanzaban a vislumbrar los bordes de sus areolas, las cuales tenían un tono rosado claro.
—...Ah.
La lujuria que ella había encendido sin temor alguno seguía hirviendo en su interior. Torciendo un lado de su rostro, Antonio la cubrió con la colcha hasta por encima del cuello.
Al final, salió y cerró la puerta de la recámara como si estuviera huyendo.
Una vez fuera, se quedó de pie, apoyado pesadamente contra la puerta cerrada.
Incapaz de seguir ignorándolo, bajó la vista con una sensación de mareo. La parte delantera de sus pantalones estaba abultada al máximo. Aquel objeto, comprimido y guardado a la fuerza, parecía a punto de abrirse paso para salir en cualquier momento.
—Mierda.
Se echó el flequillo hacia atrás con un brusco movimiento de la mano.
Quería poseerla. Deseaba saborear su suave lengua con mayor profundidad, sujetar sus voluptuosos pechos con ambas manos y dejar marcas de mordiscos en la línea de su cuello largo y esbelto.
Aunque no sabía dónde terminaba todo esto, deseaba dejarse llevar y correr sin frenos.
Era la primera vez que experimentaba un estímulo de tal magnitud. Por esa misma razón era tan difícil de contener, ya que no tenía inmunidad alguna.
Aun así, logró reprimir su deseo de alguna manera porque....
—Josefina de Lote, tú no eres una cortesana.
Si la hubiera tomado guiándose únicamente por sus instintos, habría terminado siendo igual a sus hermanos, quienes introducían a las princesas del Palacio Rubí en sus aposentos a capricho para usarlas como juguetes.
Antonio se aferraba y resistía aferrándose a un hilo de razón sumamente delgado.
Aunque no hubiera aprendido las normas de etiqueta de la familia imperial, no era un sinvergüenza capaz de despojar de su ropa a una mujer que no estaba en su sano juicio.
Aquel hilo era fino, pero lo suficientemente tenaz como para no romperse fácilmente.
—Es una mujer a la que debo incorporar a mi bando. No puedo tocarla a la ligera.
Antonio regresó a su despacho y tiró de la cuerda de servicio. ¿Habrían pasado unos cinco minutos? El chambelán Evan entró dando unos golpecitos en la puerta y con los ojos cargados de sueño.
—Su... alteza, a estas horas de la noche, ¿a qué se debe...?
—Envía un recado a la condesa Margarita Moreno para que se presente en el palacio.
—¿Ahora mismo?
—Sí, ahora mismo.
Evan movió los labios con aparente dificultad, soltó un pequeño suspiro y dio media vuelta para marcharse.
