—¿Josefina, estás bien?
—Ah, Tilla.
Era Tilla. Me miró con compasión y me rodeó suavemente los hombros con un brazo. Me sentí desconcertada ante aquella repentina muestra de cercanía.
—Te ves hermosa hoy, Josefina. Bueno, siempre lo has sido, claro.
—...
—Tú también te habrás decidido tarde, ¿verdad? A caminar por el mismo camino que yo.
Tilla tenía los ojos rojos. Sus ojos azules reflejaban una melancolía y una compasión de origen desconocido.
—Pareces muy nerviosa. ¿Brindamos un momento, Josefina?
Sin importarle mi consentimiento, Tilla acercó su copa a la mía. Sonó un claro “¡Clinc!”. Vació su copa con frescura y una sonrisa radiante en el rostro. Luego me hizo un gesto con la barbilla. ¿Qué hacías que no bebías ya?
Justo en ese momento estaba con la garganta seca.
Con las manos temblorosas, levanté la copa y bebí la champaña a grandes sorbos. La sed provocada por la extrema tensión pareció calmarse un poco. Quería emborracharme hasta perder la consciencia de una vez.
—Es un regalo. Porque Josefina es mi benefactora.
—¿Disculpa?
—Es un anticonceptivo especial. Tiene un excelente efecto analgésico. Cómo lo tomaste con anticipación, hará efecto pronto. Porque la primera vez duele como si todo el cuerpo se partiera en dos. Pero, ¿sabes qué? Es mejor estar fuera de sí que sentir dolor.
—...¿Qué, qué quieres decir?
Solo entonces me di cuenta. Mientras fingía abrazarme, Tilla había puesto algo en mi copa.
—Recibí una petición que parecía una amenaza... No tuve opción. Aun así, espero que Josefina no sufra dolor. Ah, a veces tiene efectos secundarios, pero... espero que los soportes bien.
Tilla me dio unos golpecitos en el hombro con la punta de los dedos y se alejó. En ese instante, una sensación de calor ardiente comenzó a ascender desde lo más profundo de mi interior.
¿Qué clase de ingredientes tendría ese anticonceptivo? A los pocos minutos, mi mente se nubló y mi rostro se ruborizó intensamente.
Una extraña fiebre se acumuló en lo profundo de mi vientre. Una sensación similar a unas ganas irrefrenables de orinar brotó sutilmente entre mis piernas. Al poco tiempo, algo viscoso comenzó a gotear y humedeció poco a poco mi ropa interior.
Mi cintura se puso rígida debido a una extraña y desconocida excitación. Me sentía mareada, como si estuviera parada al borde de un abismo. Por más que respiraba hondo para calmarme, solo salían exhalaciones calientes de mi boca.
Quería huir de inmediato, pero me costaba incluso caminar derecho. Si seguía así, terminaría haciendo el ridículo frente a todos. Fui tanteando las paredes hasta que logré escapar a duras penas hacia la terraza más apartada.
Mientras me tambaleaba y me aferraba a la barandilla, la puerta se abrió de par en par a mis espaldas.
—¿Josefina de Lote? ¿Acaso eres tú?
Me volví de inmediato al reconocer esa voz familiar.
—...Ah, Anton.
En este preciso instante, él me parecía un auténtico salvador.
Anton corrió a toda velocidad y me sostuvo.
—Lo de hace un rato... ¿De verdad eras tú?
Con una expresión de absoluta consternación, comenzó a inspeccionar cada parte de mi cuerpo.
—Sálvame, sálvame, por favor
Me aferré desesperadamente a su cintura.
De repente, todo mi cuerpo fue alzado por los aires.
Sosteniéndome firmemente con ambos brazos, Anton saltó por encima de la barandilla de la terraza. Aunque era una altura equivalente a un segundo piso, casi rozando el tercero, el aterrizaje fue completamente silencioso y ligero.
Era una noche de pleno verano inundada por la luz de la luna. El sonido del viento rozaba mis oídos. Probablemente me llevaba en brazos y corría velozmente hacia algún lugar en ese mismo momento.
Desconocía cuál era nuestro destino. Por más que quería mirar a mi alrededor, me costaba incluso abrir los ojos debido a la extraña sensación que hervía en mi interior.
Mi corazón latía con tanta fuerza que parecía a punto de estallar. Por más aire que aspirara, sentía que nunca era suficiente. De mis labios escapaban, una y otra vez, suspiros entrecortados.
—Ah...
Sentía una profunda impotencia al percatarme de que era incapaz de controlar mi propia respiración. Con manos temblorosas, agarré con fuerza los hombros de Anton.
En un instante, la luz de la luna que iluminaba mi cabeza desapareció. El entorno se oscureció brevemente antes de que la cálida luz de una lámpara de aceite se filtrara entre mis pestañas. Al parecer, Anton me había llevado en brazos al interior de algún edificio.
Sin embargo, no tenía la menor idea de dónde nos encontrábamos. No parecía que hubiéramos salido del palacio imperial...
Mi campo visual estaba completamente borroso debido al calor abrasador que consumía todo mi cuerpo.
Anton sostuvo mi cuello con su palma ancha y gruesa, depositando suavemente mi cuerpo en algún lugar. Una sensación suave y calida como un edredón rozó mi espalda. Al parecer, me había recostado sobre una cama. Entrecerré los ojos y extendí una mano hacia el lugar donde distinguía su silueta.
—Ah, Anton...
Necesitaba desesperadamente sentir calor. Era extraño. Mi cuerpo ardía por completo, lejos de sentir frío, pero, aun así, ansiaba la calidez de otra persona como si fuera algo indispensable.
Mis dedos temblorosos tocaron su mejilla. Estaba caliente. Rodeé su rostro con la palma de la mano y lo acaricié a tientas.
No estoy sola. El simple hecho de saberlo me trajo un atisbo de alivio. Porque en este momento yo me sentía terriblemente...
—Sola.
El murmullo que revoloteaba en mi boca se disipó en el aire.
Uno solo se da cuenta de ciertas cosas cuando está bajo los efectos de algo. Desde que llegué al Palacio Rubí, me había mantenido aislada de todos. Por supuesto, no había nadie a mi lado. Al perseguir únicamente el sueño vano de entrar en un convento, la soledad no había hecho más que acumularse como el polvo capa tras capa.
“Uff” Se escuchó el profundo suspiro de Anton. Ahora se vislumbran vagamente los rasgos de su rostro.
En algún momento, él también había extendido la mano para tocarme la mejilla. Su mano áspera y llena de callos cubría por completo una de mis mejillas.
—¿Es aquí? El lugar donde ese bastardo te besó.
Anton frotó con su pulgar mi sien, como si intentara borrar un rastro. La presión de sus huellas dactilares presionando mi piel se sentía demasiado nítida. “¡Ah!”, un gemido se escapó de mis labios sin poder evitarlo. Quizá por tener los sentidos a flor de piel, hasta el contacto más insignificante resultaba estimulante más allá de lo normal.
—Supongo que es porque llegué tarde. Lo siento. Tenía mis motivos, pero... no pondré excusas.
Anton se culpaba a sí mismo con expresión angustiada.
Lo miré fijamente con los ojos vacíos y desenfocados. Parpadeé una vez. Luego otra. Al cerrar y abrir los ojos lentamente, su rostro se volvió por fin nítido ante mí.
Algo parecía hervir a fuego lento en lo más profundo de sus pupilas. Era como oro fundido en un crisol. Se veía furioso. ¿Por qué estaría tan enojado?
—¿Por qué estás en este estado? ¿Acaso ese bastardo te dio algo raro?
—Tilla... me dio una pastilla.
Me faltaba el aliento y no pude responder de inmediato.
—...¿Qué clase de pastilla?
—Un anticonceptivo... especial. Dijo que para que no me doliera. Que la primera vez... “Ahh”, dolería.
—Mierda. Y ni siquiera puedo pedirle que vomite esto ahora.
Él maldijo mientras se pasaba una mano por el flequillo con brusquedad.
—¿Y por qué tienes los labios así?
Con el pulgar de su mano izquierda, presionó con fuerza mi labio inferior y lo frotó hacia un lado. Hasta que la marca roja del pintalabios se extendió por toda la comisura de mi boca.
—No necesitas pintarte con esta porquería para que se te vean rojos.
—...¡Uf!
Aquel roce en mis labios avivaba la impaciencia de mi cuerpo. Haah. Haah. Cada respiración profunda hacía que el dolor en el pecho, provocado por la presión del vestido, se volviera más insoportable.
—Anton, “Ah”, desabrocha... esto, por favor.
Me retorcí y me giré con dificultad, gimiendo. Deseaba que él desatara los cordones que apretaban con fuerza mi espalda.
—¿Es eso una petición que se le hace a un maldito hombre?
—No, es que… me cuesta respirar. Está demasiado apretado…
A pesar de tener el ceño profundamente fruncido, Anton llevó las manos hacia mi espalda.
Zas. Zas.
Con movimientos bruscos, tiró del listón que ajustaba mi vestido y lo desató.
—Uf, por fin puedo respirar.
Mi pecho, que había estado comprimido por el vestido, recuperó poco a poco su forma natural. Al aflojarse la ropa, las copas se deslizaron ligeramente, dejando parte de mi piel al descubierto.
—...¡Ugh!
En cuanto pude respirar con libertad, el calor aumentó aún más. Todos mis sentidos se agudizaron hasta el límite, como si mi piel se hubiera cubierto de escamas y pudiera percibir hasta el más mínimo roce.
Estaba tan sensible que me estremecía al menor contacto sobre la piel, mientras mi cabeza se sentía ligera y aturdida, como si estuviera sumergida bajo el agua.
El interior de mi vientre se contrajo con más fuerza que antes. El líquido pegajoso que fluía desde abajo goteaba y empapaba con más humedad mi ropa interior.
Cerré los ojos. El Tercer Príncipe había dejado al descubierto su deseo hacia mí delante de todos. Tilla también debía de haberme dado la pastilla después de presenciar mi primer baile.
Probablemente mi destino en esta noche era terminar con mis partes destrozadas por el “Tercer Príncipe”.
Había luchado tanto por evitar ser humillada… y, sin embargo, al final me esperaba el mismo destino que a las princesas del Palacio Rubí. Incluso mi propio padre me lo había advertido, así que seguramente ya era imposible escapar de aquel destino.
Cuanto más consciente era de mi situación, más se secaban mis labios como un desierto y más se agrietaba el interior de mi boca.
