Capitulo 23

‘¿En qué tanto piensas?’

preguntó Kamael, acercándose y sentándose junto a Lucifer, quien miraba fijamente a lo lejos.

‘En pensamientos vanos.’

‘¿Pensamientos vanos?’

‘Porque son vanos. Desde que nacimos nos enseñaron que el mundo es amor, nos enseñaron que el amor lo es todo, y que debemos amarnos los unos a los otros, pero...’

‘¿Pero qué?’

‘Me parece una contradicción que, precisamente, el amor no esté permitido, y por eso todo me parece vano.’

‘¿Que el amor no está permitido? ¿Qué tipo de sofisma es ese? Todos nos respetamos y nos queremos mutuamente, así que no entiendo por qué dices que el amor no está permitido.’

‘No lo entiendes, Kamael. No sabes lo que es el amor de verdad. Como no lo entiendes, puedes hablar así.’

‘Tal como dices, no sé a qué te refieres, pero hay una sola cosa que sí sé: si algo no está permitido, es porque hay una razón justa para ello. Los preceptos son estrictos y deben cumplirse sin falta. Si lo que deseas es algo prohibido, no debes desearlo. Eso te arrastrará a una tragedia. Así que aprende a conformarte, Lucifer.’

En ese momento, Lucifer esbozó una sonrisa melancólica.

‘Si ya no quiero conformarme… si me canso de sufrir en soledad por conformarme… entonces…’

El resto de la frase quedó sin terminar.

Kamael no tenía idea de cuál era el mensaje que él de verdad deseaba transmitir. Tampoco le importaba qué era ese amor prohibido del que hablaba. Después de que Lucifer abandonara el reino celestial, había evitado por completo interesarse en él. Consideraba que no debía hacerlo y se había adaptado a ello.

Así había sido.

Creía que con eso bastaba.

Consideraba que era lo correcto.

***

—Pero ¿por qué...?

Siempre era así. No había forma de saber qué estaba pensando. Siempre había sido así. Aunque era un amigo cercano, con esos ojos y esa expresión indescifrable, era imposible saber qué pensamientos albergaba.


Aquel día era igual que ahora.

Tanto entonces como ahora, seguía siendo incapaz de adivinar qué cruzaba por su cabeza.

Tal como ahora.

—¿Por qué demonios haces esto…?

Kamael, sin saber qué decir, miró a Lucibel, que sangraba ante sus ojos. Sus ojos azul marino, en los que se reflejaba la imagen ensangrentada de Lucibel, temblaban.

—¿Por qué demonios? ¡Lucifer!

Gritó Kamael.

No le quedó más remedio que gritar, era incapaz de contenerse sin dejar escapar un grito.

Cuando él golpeó con su espada, Lucifer pudo haberla esquivado. Tuvo la oportunidad de esquivar y también de contraatacar. Podrían haber luchado en igualdad de condiciones. Quizás el propio Kamael habría terminado siendo derrotado.

Sin embargo, Lucifer no esquivó el golpe. No lo esquivó, ni contraatacó. Fue todo lo contrario. En el preciso instante en que la espada de Kamael descendía, él abrió sus brazos y lo abrazó con fuerza. Kamael se quedó sin palabras al ver cómo se lanzaba voluntariamente hacia la espada.

Kamael se había quedado completamente atónito y sin palabras al ver a Lucifer, quien, abriendo sus brazos y abalanzándose por propia iniciativa hacia el filo de la espada, lo había sostenido en sus brazos mientras era atravesado por ella.

Cuando Kamael extrajo la hoja que había atravesado el pecho de Lucifer, el cuerpo de este se precipitó hacia el suelo. Al contemplar aquel cuerpo que se desplomaba y golpeaba contra el suelo sin ser capaz de mover ni un poco sus inertes alas, Kamael descendió silenciosamente desde el aire. Y observó a Lucifer, quien gemía cubierto de sangre por todo su cuerpo sobre la fría tierra. Las plumas de sus alas negras habían sido arrancadas y yacían dispersas por todas partes, mientras la sangre que manaba de su cuerpo empapaba profusamente el suelo.

Observando aquella escena en la que la mitad de su cuerpo agonizaba, completamente empapada por la sangre que brotaba de su pecho, Kamael se mordió los labios.

—¡¿Por qué demonios hiciste algo así?!—

Gritó Kamael dirigiéndose a Lucifer, quien era incapaz de abrir los ojos. Lo hizo porque no hallaba otra forma de apaciguar esta asquerosa sensación que lo carcomía por dentro.

Deseaba desgarrarlo hasta matarlo. Quería cortarlo en pedazos y hacer que esos jirones se los llevara el viento sin dejar rastro. Sentía que ni siquiera haciéndolo pedazos y tragándoselo lograría calmar su furia.

No obstante, en ese mismo instante en que observó su figura —la de un hombre que se entregó voluntariamente a su propia espada para terminar desangrándose en el suelo—, un impulso incontenible brotó desde lo más profundo de su pecho. Era una sensación aún más nauseabunda que la que había sentido cuando él la humilló. Incluso en ese momento, tenía la sensación de que él seguía humillándola.

—¡¿Por qué lo hiciste?! ¡Maldito bastardo!

Kamael, con los labios temblando con furia, alzó a gritos la espada que sostenía en la mano. La mano de Kamael, que había levantado el arma con la intención de cortarle el cuello a Lucifer en ese mismo instante, temblaba con fuerza en el aire.

—Porque... me canse.

Una voz tenue brotó de los labios del derrotado Lucifer.

—¿Qué?

Por un instante, Kamael pensó que había oído mal.

—Estoy cansado...

Eso era lo que estaba diciendo Lucifer. Kamael recordaba muy bien unas palabras muy similares que habían salido de los labios de Lucifer hacía muchísimos años.

«Si llego a cansarme de someterme... Si me cansa tanto someterme y sufrir en solitario...»

Lucifer hablaba con debilidad, exhibiendo una expresión muy parecida a la de aquel entonces.

—Porque ya me cansé... de esperarte...

—¿Qué dices?

Las pupilas de Kamael temblaron.

—Logre tenerte una vez, pero si ahora peleo contigo y llego a perderte, tendré que pasarme el resto de mis días esperando sin fin a que vuelvas a mí... Y aun si no te pierdo, cuando esta pelea termine, jamás volverás a dejarte atrapar por mí, así que me tocaría aguardar otra vez durante innumerables y largos días sin saber cuando regresaras... Pero es que ya estoy harto de esperar... Estoy tan cansado de sufrir en soledad mientras te espero... que prefiero acabar con todo aquí mismo...

Los ojos de Lucifer se abrieron con pesadez para alzar la mirada hacia Kamael. En sus pupilas teñidas de oscuridad se reflejaba la figura de Kamael. Observando a Kamael, cuyos labios temblaban con impotencia, Lucifer murmuró con amargura.

—Por mucho que te lo diga, no me creerás… pero yo te…

—¡No lo digas!

En el preciso instante en que Lucifer estaba por confesarse, Kamael se tapó los oídos con ambas manos y gritó. No debía escuchar eso. No podía permitirse escuchar semejantes palabras. Le bastaba con considerar falsas todas las promesas que le había susurrado mientras lo poseía. Bastaba con descartar como mentiras todas aquellas palabras dulces que le había dicho mientras la humillaba, destinadas únicamente a burlarse de ella.

Pero no se atrevía a considerar mentiras ni siquiera las últimas palabras de aquel que se había arrojado ante la espada y ahora agonizaba.

No debía dejarse contagiar por la sinceridad oculta en las palabras de alguien que estaba muriendo. Como sentía que no podía permitirse tal cosa, Kamael gritó mientras cubría firmemente ambos oídos con sus manos.

—¡No digas nada! ¡Absolutamente nada!

Lucifer lo miraba con una profunda tristeza mientras él gritaba con las manos en los oídos, como si se negara rotundamente a escuchar cualquier cosa.

—¡Estás loco! ¡Siempre has estado loco! ¡Estabas loco cuando traicionaste al Cielo, estabas loco cuando me hiciste eso y estás loco ahora mismo por decir esas estupideces! ¡De verdad que estás demente!

Con las manos tapándose los oídos, Kamael cerró los ojos con fuerza y gritó. No podía mantenerlos abiertos ni un segundo más. No quería ver a Lucifer sangrando tras haber sido apuñalado con su propia espada, ni quería ver esos ojos tristes que lo observaban. Para ser exactos, era para controlar su propio corazón, que se tambaleaba ante esos ojos tristes.

«No vaciles. Esto es una trampa. Este tipo es un demonio. Un demonio capaz de inventar cualquier mentira con tal de manipularte. No debes caer en su juego. Todo esto no es más que una simple artimaña...»

Con los ojos cerrados y los oídos aún tapados, Kamael apartó despacio las manos de su cabeza.

Reinaba el silencio.

No se escuchaba absolutamente nada.

Lejos de haber algún ruido, un profundo silencio lo envolvía por completo.

Ni siquiera la agitada respiración de Lucifer volvía a percibirse.

—¿Lucifer...?

Tras vacilar un instante, Kamael abrió los ojos. Su campo visual captó la imagen de Lucifer, quien tenía los ojos cerrados como si estuviera muerto. La sangre corría sobre su pálido rostro y sus párpados permanecían fuertemente sellados.

Aquella mirada triste ya no estaba ahí.

—¿Lucifer...?

Inédito e incrédulo, Kamael se dejó caer tambaleándose a su lado. Las manos de Kamael, que habían soltado la espada, tantearon con torpeza el cuerpo de Lucifer sacudiéndolo con suavidad. Su cuerpo, frío y rígido, se mecía de un lado a otro al ritmo de sus manos.

—¿Qué es esto...? ¿Acaso estás muerto...?

Por mucho que lo sacudiera, esos ojos cerrados no volvían a abrirse.

—No puede ser que hayas muerto. Tú eres Lucifer. El rey del Abadón. No puedes haber muerto solo por un agujero en el vientre

«No puede haber muerto por algo así», pensó Kamael.

Tal vez solo estaba fingiendo estar muerto. Fingiendo su muerte para engañarlo y volver a arrastrarlo a otra de sus trampas…

Aunque la razón de Kamael le dictaba exactamente eso, pero sus manos ya se habían aferrado instintivamente a abrazar el cuerpo inerte de Lucifer.

—Esto no puede ser. No te convertiste en traidor para que acabara así, ¿verdad? Dijiste que me habías esperado. Que me habías esperado durante mucho tiempo. ¿Pero me esperaste para que acabara así? Eso no puede ser. Si has esperado miles de años, puedes esperar más. Puedes esperar todo lo que quieras. El tiempo es eterno, así que puedes esperar todo lo que quieras, ¿Por qué…?

Las manos de Kamael, que abrazaban con fuerza el cuerpo lacio de Lucifer, temblaban de manera incontenible. Sus manos se mancharon con la sangre de Lucifer.

—Si hubieras seguido esperando, quién sabe... quizás habría pasado algo más... Si hubieras aguardado unos mil años más, tal vez las cosas habrían sido distintas... Quién sabe cómo habría cambiado mi corazón si hubieran pasado otros mil años aquí... Eso es algo que no se puede saber de antemano...Entonces, ¿por qué así…?

Las palabras de Kamael se desvanecieron sobre el cuerpo frío de Lucifer. Sin darse cuenta, unas lágrimas cálidas surcaban sus mejillas. Probablemente el propio Kamael ni siquiera era consciente de que estaba llorando en ese instante. Sin saber por qué lloraba ni de dónde brotaban sus lágrimas, enterró el rostro sobre el pecho de Lucifer, que seguía empapado de sangre.

—Maldita sea... Tú eres un demonio. Podrías haber adoptado una actitud mucho más cruel y haberme amenazado con más dureza... Maldito demonio de porquería. ¿Por qué rayos haces algo que no te pega en absoluto? Esto es algo que realmente no le corresponde a alguien como tú…

Por mucho que llorara, por muchas lágrimas que derramara, incluso Kamael sabía que lo que ya se había derramado no se podía recuperar. Pero es que simplemente no quería que todo acabara ahí. No quería perder de esta manera a aquel que había sido su amigo hacía mucho tiempo, a quien ya no podía llamar amigo, pero que, a pesar de todo, seguía sin poder borrar de su corazón.

Todavía no comprendía con exactitud qué significaba ese «amor» del que hablaba. Seguía sin saber en qué se diferenciaba el «amor» que lo había dejado con esa sensación de vacío absoluto del «amor» del que todos hablaban y del cual él le había mencionado con una mirada tan melancólica. Tampoco sabía qué sentido tenía ese «te amo» que los labios de Lucifer habían articulado con total claridad mientras se tapaba los oídos.

No lo sabía, y tal vez jamás llegaría a entenderlo por el resto de la eternidad, pero si ese «amor» consistía en esta clase de desolación, en un dolor tan parecido a esta punzada que se negaba a aceptar, entonces empezaba a creer que lo entendía un poco. Quizá por eso, porque este sentimiento de pérdida y este corazón desgarrado eran el amor, él ponía esa expresión tan triste al hablar de ello en el pasado. Quizás su semblante era tan triste porque el amor no se limitaba a ser sonrisas, calidez y dicha pura, sino que también era capaz de doler de esta manera.

Porque el amor que él sentía era así de doloroso.

—Tal vez... te habría dado una oportunidad. Quizá te habría dado una oportunidad... Si hubieras esperado un poco más, solo un poco más de tiempo, tal vez habría pasado algo que me habría llevado a darte una oportunidad...

Solo logró confesar esas palabras frente a su cuerpo ya frío e inerte. Si lo hubiera expresado ante un corazón que latía con calidez, jamás habría pronunciado algo semejante ni aunque lo hubieran matado y resucitado. Seguramente no sería capaz de hacer una confesión así. Logró hacerlo porque su cuerpo había perdido la calidez. Una confesión de esta clase jamás habría podido hacerla si hubiera tenido los ojos abiertos y observando de frente.

—¿De verdad, me habrías dado una oportunidad?

—¡...!

Kamael, que estaba sollozando con el rostro enterrado en el pecho de Lucifer, dudó por un momento de sus propios oídos.

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@Baut

Traducir es mi forma de leer dos veces. Leer es mi forma de vivir mil vidas.

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