—Delicioso.
—¿Ugh?
—¿Ah?
Ante la voz inoportuna que resonaba justo a su lado, Muriel y Sakia se sobresaltaron e incorporaron de un salto en la cama. Lucifer, sentado frente a la mesa provista de comida que se encontraba fuera del dormitorio con la puerta abierta, estaba comiendo un trozo de pay de manzana mientras bebía con deleite su té negro.
—¿Lu... Lucifer?
Sakia, asustado, cubrió rápidamente el cuerpo de Muriel con la sábana. Por mucho que se tratara de Lucifer, no quería mostrarle el cuerpo desnudo de Muriel.
—Este pastel está delicioso. ¿Puedo llevarme un poco? Es que hay alguien a quien quiero dárselo.
—¿Disculpe?
—Bueno, por mucha energía que le sobre, después de haberlo hecho tanto, supongo que habrá empezado a entrarle un poco de hambre. Quería darle algo rico de comer, pero al oler algo tan bueno por aquí, vine a ver. ¿Puedo llevarme estos pasteles?
Ante su petición, totalmente diferente a su imagen habitual, Sakia asintió desconcertado. Su rey le estaba pidiendo que le compartiera un poco de pastel. Aunque le parecía bastante extraño, no podía negarse, Sakia asintió, Lucifer comenzó a sujetar los pasteles para guardarlos dentro de una cesta. Luego, observando el lugar donde estaban Sakia y Muriel, esbozó una sonrisa traviesa.
—Continúen, continúen. Ya me voy. Lo ardiente es bueno. ¿Verdad?.
Tras decir esas palabras, Lucifer desplegó vuelo ágilmente a través de la ventana, dejando a Sakia y Muriel desconcertados, limitándose a observarse el uno al otro. No alcanzaban a comprender qué diablos pasaba a plena luz del día.
***
Mientras surcaba los cielos batiendo sus alas negras, Lucifer reflexionaba.
En sus manos sostenía una cesta llena de pasteles. Si alguien lo viera, sin duda se burlaría. Él, el rey de Abadón, volaba cargando una simple cesta de pasteles con el corazón latiendo con fuerza como el de un adolescente enamorado. ¿Existía acaso una imagen más impropia para un demonio al que llamaban el rey de la oscuridad más perverso y cruel?
Sin embargo, eso no le importaba. Porque era lo único con lo que había soñado desde el momento en que, hacía mucho tiempo, se adentró por su propia voluntad en la oscuridad. ¿Cómo podría expresar con palabras lo que sintió en aquel entonces? Hace bastante tiempo, al renunciar a sus alas resplandecientes y caminar por su propio pie hacia las tinieblas. ¿Cómo describir aquel desolador sentimiento al verse observado por demonios de aspecto monstruoso, con alas oscuras y colas lúgubres que lo miraban desde todas direcciones?
Sus pies, que desde su nacimiento habian tocado la luz, pisaban una oscuridad de tono azabache; sus alas, antes siempre eternamente radiantes, se habían tornado de un color negro detestable, y en las puntas de sus dedos habían brotado garras crueles. ¿Y qué decir de los miles y decenas de miles de miradas burlonas que lo contemplaban al poner un pie en Abadón, en aquella guarida de la oscuridad que él siempre había despreciado y mirado por encima del hombro? Cuando los demonios inmundos, consumidos por el deseo carmesí al acecharlo —Porque en ese momento aún desprendía el aroma de un ángel—, se lanzaban sobre él, ¿Qué debía pensar mientras los despedazaba y manchaba todo su cuerpo con la sangre de aquellos seres?
Nadie sabría jamás lo que pasó por su mente al alzar la vista hacia su hogar, al que jamás podría regresar. Nadie sabría que en aquel entonces, al abandonar el reino celestial, él recordaba aquellas alas de color azul marino que lo habían despedido con una mirada gélida. Nadie sabría que, recordando a aquel ángel de alas azul marino que lo miraba con desprecio, como si se tratara de un vil traidor, él se había pasado la eternidad contemplando los cielos desde Abadón.
Que durante miles de años había anhelado una sola existencia.
Que había renunciado al privilegio de brillar eternamente por la única e irrepetible oportunidad de poseer aquellos hermosos ojos que jamás podría tener.
En aquel mundo celestial donde supuestamente solo existía el amor, el amor que él albergaba había sido una maldición. Dado que en aquel altivo mundo de luz sostenido exclusivamente por el amor, su sentimiento constituía una maldición, ¿quién podría comprender el estado de ánimo de quien decidió cargar con esa maldición por voluntad propia y convertirse en la oscuridad misma?
¿Lo sabría acaso aquel ángel de alas azul marino, a quien hace tan solo un momento le había arrebatado el cuerpo por la fuerza? ¿Tendría la mínima sospecha de los sentimientos de este demonio de alas negras que había guardado durante milenios por esa única unión? ¿Se imaginaría siquiera cuán profundamente lo había amado, cuánto lo seguía amando y cuánto lo amaría de ahora en adelante?
—El tiempo dulce es efímero, lo sé. Pero si esperas lo suficiente, la oportunidad siempre puede regresar.
Murmuró Lucifer agitando las alas. El propio Lucifer sabía que dentro de poco tendría que dejarlo marchar a Kamael. Aunque había tendido una trampa cobarde para sujetarlo y obtener lo que deseaba, no podía mantenerlo aprisionado indefinidamente. Tenía que dejarlo ir.
No obstante, dejarlo marchar no significaba que aquello fuera el final. Esa única vez era tan solo el comienzo. A partir de este primer encuentro, podría convocarlo tantas veces como quisiera. Para conseguirlo, no escatimaría en recurrir a la más mezquina de las amenazas.
Lo volvería a llamar, incluso si para ello tenía que emplear la sucia amenaza de divulgar todo lo ocurrido en ese lugar. Lo convocaría para poseerlo de nuevo, otra vez, y una y otra vez para saciar una sed inagotable, hasta que finalmente lo hiciera incapaz de vivir sin él. Del mismo modo que el propio Lucifer había acabado volviéndose incapaz de vivir sin ella, haría que ella también fuera incapaz de subsistir sin su presencia.
—Bien, entonces... ¿Jugamos un poco más antes de despedirnos?
Al aproximarse a la roca donde había dejado encadenado a Kamael, Lucifer descendió.
¡Plaf!.
La cesta resbaló de las manos de Lucifer. Los pasteles salieron despedidos de la cesta y rodaron sobre los montículos de tierra.
—¿Qué es esto...?
Lucifer contempló con incredulidad los restos de la roca rota y los grilletes que yacían esparcidos en el suelo. Jamás se imaginó que fuera capaz de romper aquellas cadenas.
—¿Acaso lo subestimé demasiado?
Aunque sabía que su rival poseía una fuerza descomunal, no creía que llegara a tanto, ni que pudiera lograrlo valiéndose tan solo de las piernas.
—Fue un error no atarle las piernas. Se ve que aún le quedaban fuerzas para algo así.
Tras haberlo poseído decenas de veces, se había asegurado de que perdiera el conocimiento. Incluso si volvía a hacerle el amor a ese cuerpo inconsciente, el estado era tal que ni siquiera podía abrir los ojos. Nunca imaginó que recuperaria las energías con tanta rapidez, pero burlándose de sus pensamientos, había recuperado sus fuerzas de golpe y destruido sus ataduras.
—¿Acaso es un monstruo?
Lucifer esbozó una sonrisa amarga. Aunque pensaba hacerlo unas diez veces más antes de dejarlo marchar, le frustraba haberlo dejado escapar de esa forma tan absurda, pero al menos le quedaba la esperanza de una próxima vez.
—La próxima vez me aseguraré de atarle bien las manos y los pies, y lo mimaré día y noche, mientras el sol y la luna sigan brillando...
Justo en el momento en que murmuraba esto, Lucifer percibió una fuerte intención asesina. Una ráfaga de instinto homicida destello de manera repentina en su espalda.
—¿Qué?
Sobresaltado, Lucifer se elevó por los aires a toda prisa.
¡Bum!
El lugar exacto que acababa de esquivar, era el sitio donde se encontraba de pie un instante antes, quedó profundamente destrozado, formando un enorme agujero.
—¡No esquives como una maldita rata!
Kamael, con su espada clavada en el centro de aquel agujero, fulminó con la mirada a Lucifer, quien flotaba en las alturas. Con un solo movimiento de su espada había provocado un cráter de semejantes dimensiones.
—¿Kamael?
—¡No pronuncies mi nombre con esa boca asquerosa!
Empuñando su espada en alto, Kamael alzó el vuelo directo hacia Lucifer. Lucifer retrocedió para esquivar a Kamael, que ascendía con fuerza y blandía su espada llena de ira contra el
—¡Ugh!
Cada vez que la hoja de la espada rozaba el aire frente a su rostro, una onda de choque embestía a Lucifer. En cada rincón que su espada alcanzaba un trazo amplio de árboles y las rocas quedaban destrozadas. La espada de Kamael, capaz de cortar cualquier cosa sin excepción, estaba convirtiendo los alrededores en un paraje desolado en cuestión de segundos.
—¡Voy a cortarte el cuello!
Se trataba de Kamael, quien en una ocasión había arrebatado la vida a 185.000 humanos de un solo golpe. Como para demostrar que su infame reputación —la de haber descendido al mundo de los humanos por orden divina y haber arrebatado de un solo golpe la vida a 185.000 personas— no era ninguna exageración, Kamael acorraló a Lucifer en un rincón.
En un pasado muy lejano, Kamael también había arrebatado la existencia a todos los primogénitos de cierto reino en una sola noche. Él era, ni más ni menos, el ángel de la muerte. Sus pasos resonaban siempre acompañados por los lamentos de los caídos en cada sitio por donde posaba su espada.
—¡Kamael!
Lucifer desvió con todas sus fuerzas la espada de Kamael que se abatía sobre él. Pero eso duró solo un instante; ante los incesantes ataques de Kamael, Lucifer se vio consumido por la duda.
Si decidía enfrentarlo en serio, vencerlo no le supondría ninguna dificultad. Aunque Kamael era un adversario formidable, el propio Lucifer tampoco se quedaba atrás. El dilema que lo atormentaba, era si de verdad debía luchar contra Kamael. Si entablaban un combate real, uno de los dos terminaría sufriendo daños irreparables. Podría tratarse de una herida de la que jamás lograrán recuperarse. Quizás fuera él mismo, o tal vez el propio Kamael.
—¡No tengo la menor intención de... pelear!
Pensando que debía detener aquel enfrentamiento de inmediato, Lucifer exclamó a grandes voces, pero al parecer sus palabras no lograban alcanzar los oídos de Kamael. Ciego de deseos por aniquilar al demonio que tenía enfrente, Kamael descargó su espada contra Lucifer con furia aterradora.
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