Capitulo 2. La muerte de la luna (1)


—Su Majestad la Emperatriz. Es hora de que se levante.

—¿…?

Los pájaros volaron espantados ante la voz humana.

Sin embargo, lo que más sorprendió a Celia no fue que los pájaros hablarán, sino las palabras que salieron de la boca de aquella persona.

¿Su Majestad la Emperatriz...?

¿A quién diablos se referían con lo de emperatriz?

—Entonces, abriré la puerta.

¡Bang!

Se escuchó el sonido de una puerta abriéndose con un peso absurdamente pesado, y luego entraron varias personas.

¡BZZZZ!

Las elegantes cortinas que cubrían únicamente los pies de la cama se desplazaron.

—Espero que haya dormido plácidamente, Su Majestad la Emperatriz.

—¡…!

Celia no logró articular palabra  y, en su lugar, abrió la boca.

Un asombro silencioso se escapó de entre sus labios.

Seis mujeres, con ambas manos sobre el pecho y las cinturas inclinadas respetuosamente, no se dirigían hacia otra persona; la estaban saludando a ella. La estaban llamando emperatriz a ella, y a nadie más.

—Su Majestad la Emperatriz. ¿Le ocurre algo?

Al no obtener respuesta durante un buen rato, la mujer que estaba en primera fila preguntó.
Por su edad y actitud, parecía ser la de mayor rango entre todas ellas.

—A mí... ¿cómo me han llamado...?

—¿Su Majestad la Emperatriz? ¿Acaso se siente mal en alguna parte?

—…

No había escuchado mal. Tampoco estaba viendo mal.

No había nadie más a su alrededor y era evidente que ella era a quien estas mujeres llamaban emperatriz.

¿Por qué?

¿Qué diablos está pasando aquí?

—Yo...

Celia tragó saliva a la fuerza. Sintió como si en lugar de saliva estuviera tragando agujas.

—¿Quién... se supone que soy?

—¿Disculpe...?

Las seis mujeres mostraron expresiones similares a la de Celia.

Poco después, el rumor de que Cartagena Phellion, la emperatriz del imperio, había contraído amnesia se esparció rápidamente por el Palacio Imperial.

❖❖❖

El ambiente era extraño.

Incluso la profetisa de aquel reino lejano, quien de repente se había convertido en emperatriz al abrir los ojos, no podía dejar de notar que la atmósfera actual no tenía ningún sentido.

Decían que la emperatriz no recordaba absolutamente nada, pero ante eso, los médicos de la corte no dijeron una sola palabra. Simplemente se limitaron a responder que así era.

No solo era extraño, sino que resultaba sospechoso.

—Sí, entonces... bueno... Digamos que es simplemente amnesia... ¿Se lo comunicamos así a Su Majestad?

Un médico de la corte, tras mencionar al emperador, me preguntó con cautela, mirándome de reojo.

«¿Qué es esto?»

Ni los médicos de la corte ni las doncellas parecían dudar ni preocuparse por la amnesia.

Simplemente se inclinaban y se limitaban a observar mi reacción.

«...Nadie se lo cree. No creen en lo de la amnesia.»

Siendo así, ¿Cuál sería el motivo?

Celia, tras meditarlo un momento, le preguntó al médico de la corte.

—Dime, ¿acaso he sufrido de amnesia en el pasado?

—¿Eh? Uam... ¡Eso no es así, Su Majestad la Emperatriz!

A pesar de que lo negó, Celia no pasó por alto cómo el médico de la corte dio una vuelta completa con los ojos antes de responder.

—Dices que no fue amnesia, pero parece que algo similar ocurrió.

Sus ojos dieron otra vuelta más.

—Bueno... Es que, como Su Majestad es tan sensible y delicada... los días en que sale la luna azul, a menudo le ocurre algo.

—¿La luna azul?

—Sí, Su Majestad la Emperatriz. En pocos días saldrá la “La luna azul”.


Si hablábamos de la “La luna azul”...

Lo había escuchado en el pasado.

Decían que la luna azul, que solo brillaba en el imperio, era la luna del mundo demoníaco. En algunos lugares también la llamaban la muerte de la luna.

En las noches en que aparecía una luna azul terriblemente grande y brillante, pero al mismo tiempo pálida, las sombras desaparecían. Era una luna parecida a una ilusión lejana, que se podía ver con los ojos pero no se proyectaba sobre la tierra.

«Como nunca la había visto, me sonaba totalmente a una historia antigua.»

¿Sería por eso?

Desde la antigüedad, todo tipo de malos augurios acompañaban a la “Luna azul”.

Se decía que cuando aparecía la “Luna azul”, los demonios resucitaban, y también que la “Luna azul” poseía el poder de hacer realidad las maldiciones. Se comentaba además que volvía locas a las personas bondadosas y se cobraba la vida de los inocentes de manera caprichosa.

«¿Acaso la amnesia está relacionada con la “Luna azul”? ...No, aun si fuera así, lo mínimo que deberían hacer es preocuparse.»

Decir que alguien es sensible y delicado sonaba diferente a decir que su cuerpo estaba enfermo.

«El hecho de que no me crean significa que piensan que estoy fingiendo una enfermedad.»

El médico de la corte había dicho que el cuerpo de la emperatriz era sensible y delicado, pero en ningún momento mencionó que fuera enfermizo. Eso tenía un matiz muy distinto a estar enferma.

«¿No será que no van a creerme sin importar lo que diga? Y mucho menos si les digo que no soy la verdadera emperatriz.»

Le dolía la cabeza con intensidad.

«Entonces, ¿qué se supone que debo hacer?»

Por lo pronto, necesitaba tiempo para pensar con calma en esta situación.

Una vez tomada su decisión, Celia les habló a las personas que seguían de pie, inmóviles, vigilando cada uno de sus movimientos.

—Sí solía tener días en los que mi cuerpo se indispone, Supongo que Su Majestad ya lo habrá anticipado, así que creo que no hace falta mencionárselo.

Si el emperador se enteraba, las cosas se volverían mucho más complicadas.

—Oh... ¿En serio? ¿De verdad podemos hacer eso?

El médico de la corte se alegró enormemente. Era algo que se notaba demasiado. Daba la impresión de que lidiar con la tarea de reportarle cada fingimiento al emperador le resultaba sumamente incómodo.

Tenía que encontrar una manera de escapar de esta situación lo antes posible.

«Yo... Así es, no puedo quedarme aquí. Tengo que regresar a Delarta.»

De repente, sintió una opresión en el pecho, como si le hubieran colocado una roca encima.

Si los dioses la habían traído de vuelta a la vida, tenía que haber una razón.

Si el motivo por el cual había muerto era la traición del príncipe heredero Ricardo, ahora que había vuelto a la vida, tal vez todavía tuviera una oportunidad de detener dicha rebelión.

—Deseo concentrarme en recuperar mis recuerdos a solas y en silencio. Les ruego que se retiren por hoy.

Las expresiones de todos se iluminaron ante las palabras de Celia. Sin embargo, al cruzarse accidentalmente con su mirada, bajaron la cabeza de inmediato, adoptando una postura que rozaba la sumisión más servil.

«Parece que la emperatriz les resulta una figura bastante intimidante.»

Todos se despidieron rápidamente y salieron en fila hacia el exterior. Eran unos pasos sumamente apresurados que ni siquiera emitían un solo ruido.

❖❖❖

—¿Qué? ¿Amnesia?

¡Clack!... Algo rodó por el suelo.

Aparte de lo que le había transmitido al médico de la corte, los rumores dentro del palacio imperial corrían con rapidez.

Además, el emperador contaba con dos caballeros sombra cuya labor consistía en vigilar con agudeza cada uno de los movimientos de la emperatriz.

Uno de ellos, Riyan, dejó caer la manzana que estaba a punto de morder en el preciso instante en que escuchó la palabra amnesia.

Era sumamente raro que Riyan, considerado el humano con más probabilidades de alcanzar primero el rango de “Maestro de la espada”, cometiera semejante torpeza. Eso demostraba lo absurdamente increíble que le parecía.

—Sí, amnesia.

Quien había traído la noticia fresca y humeante como pan recién horneado desde el palacio de la emperatriz era el otro caballero sombra, Serven.

Serven dio un toque con la punta del pie para levantar la manzana, la atrapó con la mano izquierda y se la tendió a Riyan.

Ante el ceño fruncido de Riyan, él frotó la manzana contra su propia camisa para limpiarla y se la volvió a ofrecer.

¡Crujido!

Riyan le dio un enorme bocado a la manzana mientras miraba a Serven.

—¿Acaso la amnesia es una enfermedad tan común? O sea, ¿al mismo nivel que los dolores de corazón, el insomnio, los impulsos suicidas o la parálisis en las extremidades que suele sufrir a menudo Su Majestad la Emperatriz?

—Ni lo digas. Pero fíjate en el momento. Pronto saldrá la “Luna azul”. Así que cualquier enfermedad es posible.

—Ah, es verdad, la “Luna azul”.

Las expresiones de ambos caballeros se tornaron similares.

Sus bocas se torcieron con tal amargura que resultaban casi astringentes.

—Cuando aparece la “Luna azul”, Su Majestad el Emperador es quien realmente lo pasa mal, y como Su Majestad la Emperatriz no quiere cargar con la responsabilidad de eso, se adelanta fingiendo estar enferma... Bueno, ese patrón lo hemos visto hasta el cansancio durante cuatro años enteros, así que no es diferente. Pero, ¿por qué demonios sale con lo de la amnesia justo ahora?

¡Crujido!

Riyan frunció el puente de la nariz y le dio otro mordisco a la manzana. Al ver que en solo dos bocados solo quedaba el centro con las semillas, Serven mostro una expresión de asombro.

—¿Será que nuestra malvada y astuta Emperatriz no sabe que, por más que pierda la memoria, lo que consiste en «contacto» se puede seguir haciendo perfectamente?

Serven soltó una risita burlona y presionó ligeramente con la punta del dedo el puente fruncido de la nariz de Riyan.

—Dudo mucho que nuestra despiadada y descarada Su Majestad la Emperatriz no haya podido calcular algo tan básico. Seguro que trae entre manos algún otro motivo oculto.

—¿Y qué demonios crees que sea?

—Quién sabe. Por lo que escuche, le pidió específicamente al médico de la corte que no le mencionara nada al emperador.

—Eso todavía tiene menos sentido. Si fingió estar enferma para evitar el contacto de la “Luna azul”, ¿no? Entonces, ¿por qué quiere mantenerlo en secreto? Si es el momento perfecto para gritarlo a los cuatro vientos.

—¿No estará preparando alguna clase de revelación dramática? Le encantan esas cosas. Ser el centro de atención.

—Le gusta tanto que ya es un problema.

—Así es.

Al haber nacido como gemelos, ambos caballeros solían comprenderse muy bien, pero especialmente cuando se trataba de la emperatriz Cartagena, no existía entre ellos el menor desacuerdo.

Desde hace tiempo que habían llegado a la conclusión de que la emperatriz Cartagena era una mentirosa caprichosa y una estafadora carente de toda conciencia.

La prueba de ello era que, bastaba con que llegara la “Luna azul”, para que se inventara mil excusas y se postrara en cama.

¡Crunch!

Masticando con fuerza la parte de las semillas como si en lugar de una manzana estuviera triturando a un ejército enemigo, Riyan murmuró.

—Sí, ya casi es la “Luna azul”... ¿Qué hay del emperador? ¿Acaso todavía no muestra indicios?

—Para eso, ¿no sería más preciso ir a preguntarle directamente?

—Quién no va a saber eso. Pero Su Majestad no es de los que se quejan por cosas pequeñas. Es de los que dicen que, mientras no fallezca, con eso basta aunque estén sufriendo dolores como si fueran a morir en cualquier momento.

Lamentablemente, en esa afirmación tampoco hacía falta debatir nada.

Reskal, el actual emperador del Imperio Eliaden, era diferente de un humano común en muchos aspectos.

Para empezar, su aspecto físico era distinto, comenzando por esos deslumbrantes ojos dorados. Era aterradoramente hermoso, pero al mismo tiempo resultaba igual de extraño.

Incluso cuando no estaba sentado en el trono, daba la sensación de existir apartado del resto debido a esa peculiaridad.

Su vista era el doble de aguda que la de un humano normal, y su esperanza de vida no se quedaba atrás. Su piel era inusualmente resistente y parecía inmune a la fatiga y a las enfermedades. Era varias veces más fuerte y robusto que cualquier persona común. Desconocía la desesperación provocada por los límites de la carne, y tampoco conocía los sentimientos humanos derivados de dicha desesperación.

Todo se debía a la sangre de demonio mezclada en el linaje imperial de los Eliaden.

Con el paso de los años, la sangre de los demonios se había ido diluyendo, e incluso habían existido emperadores en los que apenas se manifestaban los rasgos demoníacos, pero lo de Reskal era excepcional. Había nacido poseyendo rasgos demoníacos muy marcados que le resultaba imposible ocultar.

Sin embargo, incluso aquel cuerpo monstruoso padecía de dolores.

Eran dolores originados por el hecho de que el cuerpo humano era incapaz de contener el abrumador poder proveniente de la sangre de demonio.

El día en que salía la “Luna azul”, la luna del mundo demoníaco, la sangre de demonio se descontrolaba de forma cruel, burlándose de su naturaleza humana.

Su piel se agrietaba y de su interior emergían escamas duras como la piedra, mientras que unos cuernos le brotaban perforando los huesos de la frente. A veces, las paletillas le desgarraban la espalda para asomar al exterior.

Cuando la luna se ponía, los cambios físicos desaparecían, pero eso no significaba que el dolor también se desvaneciera.

Tras rechinar los dientes durante un buen rato, Riyan levantó de un salto su cuerpo que había estado sentado en el suelo.

—De todos modos, tendré que comprobarlo yo mismo. Voy a averiguar qué diablos está tramando nuestra malvada y astuta Emperatriz.

Serven negó con la cabeza mientras se cruzaba de brazos.

—Saberlo no va a cambiar nada. Con eso de que anda diciendo lo de la amnesia, lo más seguro es que esta vez también planee encerrarse únicamente en su dormitorio. Ya sabes que en esos casos no hay nada que hacer.

—¡Ya sé que no cambiará nada, pero aun así es frustrante!

Justo en el momento en que Riyan elevaba la voz con frustración...

¡Thump!

Sin previo aviso, la puerta del despacho se abrió.

—¿Majestad?

Quien abrió la puerta fue Reskal.

Avanzó mientras se aferraba con fuerza a la muñeca. Reskal rara vez mostraba expresiones en el rostro, pero en ese momento fruncía el ceño de forma tan evidente que los dos caballeros lo notaron al instante. Era algo sumamente extraño.

—Tengo que ir con la emperatriz.

—¿Disculpe?

Y declaraciones como esa también resultaban raras.

Por lo que los dos caballeros sabían, era la primera vez que Reskal buscaba a la emperatriz por iniciativa propia. Si ellos sentían antipatía hacia la emperatriz Cartagena, lo de Reskal iba mucho más allá, pues carecía de cualquier tipo de sentimiento hacia ella. En el fondo, era muy probable que Reskal considerara que la fuente del jardín imperial era más útil que su propia esposa.

En cualquier caso, el estarla buscando. No era un asunto menor.

Reskal le tendió a Riyan la muñeca que tenía sostenida.

—Los síntomas están empezando a manifestarse.

—¡Mierda!

Riyan cerró los ojos con fuerza.

Ese era precisamente el motivo por el cual nadie se atrevía a ponerle un dedo encima a la malvada, astuta, descarada y mentirosa de la emperatriz.

Lamentablemente, la emperatriz era la única persona capaz de dominar la sangre de los demonios.

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@Baut

Traducir es mi forma de leer dos veces. Leer es mi forma de vivir mil vidas.

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