Capitulo 6

Ayer, lo único que llevaba conmigo era un libro.

Le mostré al príncipe el «Cielo y Infierno» que llevaba bajo el brazo.

—Debe de haberse caído aquí. Es un libro que me prestó el cura hace un tiempo.

—…Con esto se aclara toda la situación.

La voz del príncipe sonaba apagada.

Al mismo tiempo, me sentí confundida.

…Si el destinatario de esta nota era yo y no otra persona. Si el remitente era el sacerdote, y no otra persona, entonces, Entonces, ¿qué significa esta nota?

Si es a las 9pm del día 24, eso sería justo anoche.

Sé para qué sirve el jardín de Onagras. Aunque nunca he estado ahí.

Si el sacerdote también sabe qué tipo de lugar es, no habría tenido por qué llamarme ahí por la noche.

—Me temo que la nota no se envió por error.

El príncipe me lo dijo como si fuera un hecho.

Por un momento, una energía fría se extendió por todo mi cuerpo, como si mi sangre se enfriará.

—…No, creo que debe de haber habido un error.

Esbocé una sonrisa forzada. La mano con la que sostenía la nota tembló ligeramente y rápidamente la escondí detrás de mi espalda.

Varias suposiciones se cruzaron en mi mente, pero negué con la cabeza enérgicamente.

Intenté negarlo, el sacerdote siempre estuvo ahí para mí, me prometió que me sacaría del Palacio Rubí, sin importar nada, dijo que otros habían escapado antes y que lo único que debía hacer era seguir las instrucciones, siempre lo dijo.

—Josefina del Reino de Iote.

Ante la llamada del príncipe, levanté ligeramente la vista.

—…¿Si?

—Te daré un consejo porque te compadeciste de mí sin pensar.

Su voz era solemne, como la de un juez dictando sentencia.

Por alguna razón, me sentí abrumada. No me quedó más remedio que escuchar en silencio, como una prisionera ante el estrado.

«El sacerdote intentó atraerte para abusar de ti en el lugar de reunión secreto, Quería nublar tu juicio, atar tu cuerpo y tu mente, fui testigo de toda la historia porque malinterpreté que me habías dejado esta nota.

—No, espera un momento. ¿Qué...?

—No quieres creerlo, pero escúchame hasta el final.

—¿En qué te basas para plantear tales acusaciones?.

Mi irritación se disparoó de inmediato.

No podía creerlo. No, no quería creerlo.

—No es una sospecha, es un hecho, vi a ese hombre masturbandose mientras decía tu nombre. Esperando tu llegada en el hermoso jardín de Onagras.

—…

Sentí como si me hubieran golpeado en la cabeza con un martillo. Mi mente estaba aturdida y me temblaba la mandíbula.

—Yo, siervo de Dios, me dije a mí mismo que te ayudaría a ofrecer tu pureza a mi y a Dios, o algo así.

El príncipe se rió vagamente. Parecía obligarse a decir esas palabras repugnantes.

Mi cabeza estaba completamente desordenada.

Un sacerdote que me cuidó durante cinco años y me había animado a vivir, y un príncipe de un país lejano que conocí ayer.

¿En cuál de los dos debo confiar?

Arrugue la nota que había escondido a mis espaldas. intentando recuperar la compostura, Entonces, ¿Cuál es la conclusión del príncipe?

—He escuchado tus argumentos. ¿Qué consejo te gustaría darme?.

—No confíes en las personas. Olvida cualquier expectativa que tuvieras de ese sacerdote.

—…¿Qué?

—No importa qué promesa hizo para atraerte, al fin y al cabo era parte del propósito para utilizarte.

—No digas esas cosas. Él era el único al que yo…

—¿El único? Oh, lo siento si estabas dispuesta a acostarte con él…

«¡Plaf!»

Mi mano se movió inconscientemente.

La cabeza del príncipe, se ladeo bruscamente debido a la bofetada.

Era la primera vez que golpeaba a alguien. Me dolían las palmas de las manos.

—Eres un canalla. ¿Por qué dices tales obscenidades?

—…

El príncipe permaneció inmóvil, con su mano en la mejilla, que yo había golpeado.

—Entonces, ¿por qué tú fuiste a ese jardín?.

Las lágrimas que se arremolinaban en mi interior finalmente atravesaron mi garganta.

El resentimiento y la hostilidad que había guardado dentro de mi, se dirigieron por fin hacia el príncipe que tenía delante.

—Ah, si saliste pensando que era una nota que dejé a propósito... ¿Acaso tú esperabas acostarte conmigo?

—…Estar atado a esa perversión es devastador».

El príncipe respondió con una burla fría.

—Creo que necesitas tiempo para reflexionar un poco, así que me voy, ya recibiré tus agradecimientos más tarde.

Mientras me secaba las lágrimas que resbalaban por mis mejillas, el príncipe se marchó.

Me quedé sola a la sombra del sauce.

Mis piernas fallaron y me desplomé.

La luz del sol se filtraba a través de las ramas del sauce.

Bajé la cabeza y sollocé porque ni siquiera me sentía digna de recibir la luz del sol.

Pensé que el sacerdote era la única salida.

De hecho, varias princesas rehenes abandonaron el Palacio Rubí con la aprobación del emperador y viven en monasterios.

Pensé que estaría a salvo si estaba fuera de la vista de los príncipes. Al menos a salvo de ser profanada por ellos.

Ya me sentí bastante avergonzada cuando mi padre entregó el país al Imperio.

Cuando me enviaron aquí como rehén, me sentí avergonzada de mi situación de haber sido abandonada por mis padres.

Pero aun así, yo no quería sentirme avergonzada de mi misma.

Quería tener la misma confianza que antes.

Proteger mi cuerpo de los príncipes... Era mi último y pequeño acto de orgullo.

Por fin lo he comprendido con certeza.

Aun que abandonara el palacio y me refugiará en un monasterio, no existía ningún lugar donde pudiera protegerme completamente.

El príncipe no se equivocaba. Me he aferrado a falsas esperanzas.

No tenía ni la capacidad ni el talento para defenderme.

Era lamentable y patética. ¿Quién creía que era? ¿Que me hacía pensar que era tan valiosa?

¿Era necesario que me protegiera con tanta desesperación? Mi país fue vendido, y mis padres me vendieron. Me he convertido en un rehén, ¿qué sentido tiene toda esta pureza?

Me di cuenta demasiado tarde de que quería hacer la vista gorda.

Me di cuenta demasiado tarde de una realidad que no quería aceptar.

Alguien como yo…

No soy nada, y nunca seré nada.

***

Durante un tiempo, permaneció desplomado en su cama como una marioneta a la que se le había soltado la cuerda.

No fue hasta el día en que fui al templo cuando me levanté, me bañé y me vestí.

Hoy voy a poner fin a mi relación. Con alguien a quien creía que era la única cuerda de salvación en mi vida.

A veces, la mirada del sacerdote me resultaba agobiante.

Por supuesto, pensé que era compasión.

Esa mirada persistente, El tacto de su mano que me acariciaba el hombro. Si me preguntas si alguna vez me he sentido incómoda…

Diría que sí, intenté ignorar esas pequeñas molestias.

Porque mi deseo de salir del Palacio Rubí era más importante.

Entré en el templo del palacio imperial y me senté en los asientos del fondo en toda la misa, observé al cielo con una mirada vacía.

En cuanto terminó la bendición del sumo sacerdote, subí las escaleras con «El cielo y el infierno» entre mis manos.

En medio del pasillo, llegué a la oficina del sacerdote. Por alguna razón, había un montón de equipaje por todas partes.

—Las palabras de despedida están entre las páginas del libro, así que no hace falta que nos veamos en persona.

En el instante en que dejé el libro delante de la puerta e intenté levantarme…

La puerta del despacho del sacerdote se abrió con un crujido.

En cuanto levanté la cabeza, se me encogió el corazón. El sacerdote me miraba desde arriba.

El rostro del sacerdote tenía un aspecto muy desdichado. Tenía ambos ojos magullados y el puente de la nariz tan hinchado como un puño. Además, tenía ambos labios partidos y sangre esparcida en ellos, por lo que casi no lo reconocí.

—Has llegado justo a tiempo, princesa. Entra y habla conmigo.

—No, solo he venido a devolver el libro, eso es todo.

Justo cuando me levanté para dar media vuelta, de repente me sujetaron por la muñeca.

Arrastrada por unas manos sudorosas, acabé entrando en el despacho.

—¿Qué estás haciendo?.

Por mucho que sacudiera mis brazos, no conseguía liberarme.

El sacerdote llevaba una venda en la cabeza y cojeaba de una pierna, pero no era un rival al que pudiera ganarle por mí misma.

—Te dije que vinieras sola. ¿Pero en su lugar enviaste a un matón de novio para que me destrozara eh?.

—¡Ay! Grité. Pero la mano del sacerdote comenzó a estrangularme.

—¡Uf! ¡Uf!

—¡Cállate! ¿Cuánto esfuerzo he dedicado en ti? ¿Cómo te atreves a insultar a un siervo de Dios cuando ni siquiera eres virgen?».

Pronto el sacerdote me empujó contra la pared y me ató los brazos.

Esa era la verdadera naturaleza del sacerdote.

Era alguien en quien no debía haber confiado desde el principio. ¿Cómo había podido aguantar tantos años confiando en alguien así? Me hizo sentir enferma y sin esperanza.

Busqué una manera para vivir con la misma desesperación que alguien colgado del borde de un precipicio.

Al fin y al cabo, está podría ser mi única opción.


◀ Capítulo anterior Capítulo siguiente ▶

@Baut

Hello soy traductora en mi tiempo libre, amante de la literatura, me facina el arte.

Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente