Capitulo 7

 

«¡Golpear!»


Le di una patada en la entrepierna al sacerdote con todas mis fuerzas.


—¡Aaaaaagh!


El sacerdote gimió, sujetando su entrepierna. Finalmente me liberé de su agarre y corrí hacia la puerta.


—¿Adónde crees que vas?!


De espaldas, el sacerdote sujeto un puñado de mi cabello y tiró de él hacia atrás.


Perdí el equilibrio y caí dolorosamente al suelo.


—¡Argh!


El sacerdote inmovilizó mi cuerpo y comenzó a estrangularme con ambas manos. Entre sus párpados morados, brillaba un deseo asesina.


Cada vez me costaba más respirar. Un sonido áspero escapó de mi garganta.


Mi vista se nublo ¿Acaso iba a morir así?


Recorrí con la mirada el suelo, mi vista se debilitaba, y observé algo que brillaba.


Entre el desorden y la basura, había un pequeño cuchillo; un abrecartas que se usaba para romper sellos de documentos. No estaba muy afilado, pero era mi única oportunidad.


Mis dedos temblorosos tocaron el suelo hasta que finalmente alcanzaron el abrecartas. Justo cuando lo dirigía hacia el cuello del sacerdote...


«¡Abrir!»


La puerta se abrió de golpe y alguien entró con paso rápido.


—Parece que no te rompí suficientes huesos.


Cabello negro azabache y ojos dorados. El príncipe de Saragot.


El sacerdote aflojó el agarre en mi cuello y lo soltó. Jadeé, tomando aire desesperada y lentamente levanté la parte superior de mi cuerpo.


—Me sorprende que aún puedas moverte.


El príncipe extendió la mano hacia el sacerdote. En ese mismo instante, el cuerpo del sacerdote se elevó en el aire.


—¡Ah! ¡No! ¡Nooo!


El sacerdote flotaba indefenso, avanzando lentamente hacia la ventana abierta. Se agitaba y forcejeaba, pero al poco tiempo, su cuerpo se deslizó a través del marco de la ventana.


—¡AAAAAAHHH!


«¡Caer!»


El príncipe chasqueó los dedos y el sacerdote se precipitó desde el tercer piso con una fuerza espantosa.


Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. La fuerza sobrenatural apareció sin previo aviso, dejándome sin palabras.


El príncipe caminó con calma hacia la ventana y miró al sacerdote caído. Una mueca de desprecio gélido se dibujó en sus labios.


—Parece que perdió el equilibrio en la ventana. ¡Qué lástima!


—Espera… ¿qué acabas de hacer?


—Como viste, usé un poco de magia.


Así que era cierto: venía de Saragot y podía usar magia.


Me levanté del suelo y miré por la ventana. El sacerdote yacía abajo, con las extremidades retorcidas grotescamente, gimiendo de dolor.


…Sobrevivió.


Me invadió un gran alivio. Al mismo tiempo, me fallaron las piernas. Tuve que agarrarme a la pared para no desplomarme.


Mis ojos se encontraron con los del príncipe. Quería darle las gracias, pero mi corazón aún latía demasiado fuerte como para hablar.


—Bueno, incluso si no me hubiera llegado, estoy seguro de que usted podría haberlo solucionado.


Bajó la mirada hacia mi mano.


Solo entonces me di cuenta de que aún sostenía el abrecartas. Una pequeña gota de sangre se adhería a su punta.


—¡Ah!


Sobresaltada, lo dejé caer. El estrépito resonó con fuerza en el suelo.


Así que apuñalé al sacerdote. Si la hoja hubiera penetrado más profundamente, podría haberlo matado.


Casi cometo un asesinato…


Mi corazón empezó a latir aún más fuerte, el golpeteo resonaba en mis oídos.


Me agarré el pecho, intentando calmar mi respiración. Habían pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo. Sentía la mente nublada.


—Ese sacerdote fue destituido hoy por malversación de donaciones.


La voz del príncipe rompió el silencio. El sacerdote seguía retorciéndose en el pavimento de piedra. Unos cuantos sirvientes pasaron por la parte trasera de la catedral, pero no lo ayudaron.


Qué final tan patético.


Jamás tendría que volver a verlo. Sería desterrado del Reino Santo y castigado como corresponde…


Apreté mi falda con fuerza. Un vacío inmenso se instaló en mi pecho.


Tal vez fue porque todas las esperanzas que había depositado en él se desvanecieron. O tal vez porque finalmente me di cuenta de lo tonta que fui al confiar en alguien como él.


De cualquier forma, dolía igual. Mi cuello lastimado me palpitaba. Lo que creía que era una cuerda de salvación resultó ser la cuerda que me ataba.


La vergüenza y la traición surgieron desde lo más profundo de mi interior.


—Mejora tu expresión. La gente podría pensar que fuiste tú quien fue despedido.


Las palabras del príncipe fueron lanzadas como una piedrecita.


¿Se suponía que eso era un estímulo o una burla? Solté una risa débil y tenue.


Este príncipe, cuyo nombre no conozco, no es una mala persona. Más bien sería una buena persona.


Me había hecho enfrentarme a la realidad. Mis pies, que estaban flotando en el aire sin conocer mi situación, ahora están firmemente puestos en el suelo.


Pero en este momento…


Hacía un frío insoportable.


Mi cuerpo empezó a temblar como si viniera un escalofrío.


—…Gracias.


Finalmente logré hablar.


—Yo… de alguna forma te pagaré.


Murmuré las palabras en voz baja.


Una brisa entró por la ventana. Aunque se suponía que era aire cálido y húmedo de verano, era frío contra mi piel.


Di un paso hacia la puerta, deseosa de salir de la habitación.


Pero me invadió un mareo, como si hubiera perdido demasiada sangre. El suelo se movía a mis pies. Me temblaban las piernas, negándose a moverse correctamente.


Justo cuando intentaba apoyarme contra la pared en el umbral, un grueso antebrazo apareció a la vista.


Era el príncipe. Lo miré aturdida.


—Sujetate


—…


—Te acompaño de vuelta.


Debí de tener un aspecto patético, incapaz siquiera de mantenerme en pie por mí mismo.


Es solo el shock, me recuperaré. No quería crear el hábito de depender de los demás.


—Estoy bien. Puedo ir sola.


—¿Quieres que deje sola ahora mismo a una mujer que casi muere?


Frunció el ceño y colocó suavemente mi mano sobre su brazo.


—No soy alguien insensible.


Su tono era informal, casi indiferente.


De alguna manera, me pareció natural aceptar su compañía.


Me apoyé en su brazo y salimos juntos por la parte trasera de la catedral.


Lentamente, paso a paso, caminé, quizás de regreso al único lugar que aún podía llamar hogar.


Cuando llegamos al Palacio Rubí, el príncipe no me siguió adentro.


En cambio, me condujo hasta la orilla del lago que hay detrás del palacio.


—Toma un poco de aire fresco.


Me sentó en un banco bajo un sauce. Luego se sentó a mi lado, manteniendo una distancia prudencial.


Nos sentamos uno al lado del otro, contemplando el lago. La luz del sol brillaba sobre el agua ondulante.


Debía de ser un día festivo; no se veía ninguna persona. Una suave brisa me rozaba la frente de vez en cuando.


Me giré para mirarle la cara. Ahí estaba: la mejilla que le había abofeteado hacía poco. Debería disculparme.


—…Lo siento. No debí haberte abofeteado.


Incliné la cabeza en señal de sincera disculpa. Había dicho la verdad, y yo le había dado una bofetada por ello.


—Bueno… no me habrías abofeteado si no me lo hubiera merecido.


Se frotó la nuca y miró al cielo con expresión incómoda.


Volví a mirar hacia el lago.


Un silencio incómodo se instaló entre nosotros.


Entonces sentí su mirada posarse suavemente en el costado de mi rostro.


—¿Cómo acabaste en el Palacio Rubí, por cierto?


Su pregunta repentina me sorprendió.


Jugué con las yemas de mis dedos, ahora fríos, antes de responder.


—Mi padre… estaba aterrorizado ante la posibilidad de que el Imperio invadiera.


—Tu país fue el que se rindió en el momento en que se declaró la guerra, ¿verdad?


—Sí. Renunciamos a nuestra soberanía y nos convertimos en un estado vasallo de Tristum de inmediato. Me envió a mí, la mayor de sus dos hijas, como rehén.


—Qué raro. Solo tienes dos hijas, ¿y él ofreció a la princesa heredera?


Levantó una ceja con confusión.


—Oh, yo… no era la princesa heredera. Esa era mi hermana menor.


Era la primera vez que pronunciaba esas palabras en voz alta. Nadie en el palacio de Rubí me lo había preguntado. Todos estaban demasiado absortos en su propia miseria.


—En la familia real de Iote existe un don hereditario. Quienes nacen con él pueden comprender y hablar todos los idiomas en cuanto los escuchan. Normalmente, antes de cumplir los cinco años.

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@Baut

Hello soy traductora en mi tiempo libre, amante de la literatura, me facina el arte.

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