Capitulo 6


La comida del ducado de Sief era sorprendente en todos los sentidos. Aunque se trataba de sabores que experimentaba por primera vez, todos le sentaban tan bien al paladar que, desde su llegada, no tardaron en redondearse las mejillas.

Así que, solicitando el permiso a la jefa de las sirvientas, se dirigió a la cocina. En ella había cerca de diez personas de pie. Había varios hombres y, en el centro, una mujer de mediana edad y aspecto rechoncho, con un delantal puesto y una sonrisa radiante en el rostro.

—Su Alteza, sea bienvenida.

Grace señaló a la mujer para presentarla.

—Ella es Jill. Y a partir de aquí están Peter, John, Billy y...

Entonces, la mujer presentada como Jill agitó las manos enérgicamente.

—Ay, por mucho que se los mencione, no va a recordar ninguno. ¿Para qué quiere saber los nombres de estos tipos? Basta con llamarlos de cualquier manera.

Tras decir eso, Jill dio un paso al frente y se acercó a Floria.

—Es un honor conocerla, Su Alteza. No esperaba que nos visitara en la cocina.

Floria respondió con una sonrisa.

—Mucho gusto, señora.

—¿Señora? Qué cosas dice, llámame simplemente Jill. Tampoco hace falta que recuerde el nombre de estos tipos. ¡Ay, qué alegría! Pensé que Su Alteza el Gran Duque jamás se casaría. Como no le interesan las mujeres y solo se la pasa yendo de cacería y al campo de batalla... Es increíble que por fin se haya casado. Pero la verdad es que hacen muy buena pareja. Ah, ese hombre de ahí es mi esposo, John. Es un caso perdido que bebe todas las noches, pero al menos cumple diligentemente con los trabajos de afuera. Yo soy Jill, ¿ya se lo había dicho? Trabajo en la cocina. Preparo la comida. ¡Válgame, Su Alteza es un honor!

Mientras Floria se quedaba momentáneamente desconcertada ante la ráfaga de palabras disparadas a toda velocidad, Jill le tomó la mano.

—Mire nada más lo delgada que está.

Y pensar que desde que había llegado aquí había ganado bastante peso.

Sin embargo, Jill le acarició la mano con aire de profunda lástima.

—Jill...

A sus espaldas, Grace la observó con evidente reproche.

—Disculpe, Su Alteza. Jill casi nunca sale de la cocina y no conoce bien las normas de etiqueta.

—No se preocupe.

Ciertamente, era difícil considerar que el comportamiento de Jill cumplía con la etiqueta adecuada hacia la realeza. No obstante, a Floria le agradaba esa franqueza en su trato.

Cuando estaba en el reino de Altomole, todos los empleados la miraban con lástima. Aquí, en cambio, todos se mostraban demasiado distantes y tensos con ella.

Acercarse de ese modo, sin reservas, era la primera vez que lo experimentaba desde su niñez, exceptuando a la nodriza que la crio.

—Me siento más cómoda cuando me tratan así.

—Aun así, no se puede actuar de esa manera con Su Alteza...

Jill cortó en seco las palabras de Grace y continuó hablando.

—Ay, venga más seguido, Su Alteza. Me aburro mucho por aquí.

Ante la brillante sonrisa de Jill, a Floria no le quedó más remedio que sonreír.

A partir de entonces, Floria frecuentó la cocina continuamente. No era algo común para una gran duquesa, pero a la gente del ducado no le importaba en absoluto, y Aidan tampoco ponía objeción alguna.

Tal como lo había notado hasta entonces, la cocina del castillo de Sief rebosaba de provisiones capaces de hacer enloquecer a cualquier mujer. Una vez a la semana llegaban todo tipo de ingredientes desde el pueblo, y en cada ocasión se descargaban hortalizas y frutas que Floria jamás había visto en su vida. El día anterior, al enterarse de que los suministros frescos habían arribado, acudió a verlos a propósito y se le abrieron los ojos de par en par al contemplar semejante abundancia de alimentos. Además, el talento culinario de Jill era excepcional. Incluso en ese momento, las galletas hechas por Jill se le deshacían suavemente en la boca.

—Me cae muy bien, Su Alteza —comenzó diciendo Jill—. Es usted amable y hermosa, pero no solo eso; se nota que tiene un corazón verdaderamente cálido. Desde que usted llegó, Su Alteza ha cambiado rotundamente.

—¿Acaso tengo alguna clase de influencia sobre él?

Ante las palabras de Floria, Jill adoptó una expresión severa.

—No, lo que digo es muy cierto. Desde pequeño, el Gran Duque casi nunca sonreía y siempre se pasaba el tiempo sumido en una sola cosa. Y era comprensible, ya que el anterior gran duque siempre fue muy frío con él, creía firmemente que la muerte de la anterior gran duquesa había sido culpa suya.

Se decía que, al nacer Aidan, su madre había fallecido debido a un parto sumamente difícil.

—Así fue...

Floria sabía que el padre y el hermano mayor de Aidan habían perdido la vida de forma simultánea a causa de una epidemia, pero el hecho de que su madre falleciera al momento de darle a luz y que, por esa razón, su padre lo tratara con desprecio era una historia que escuchaba por primera vez.

—Ese mismo Gran Duque ahora sonríe. El otro día, en especial, lo vi por casualidad paseando junto a su alteza, ¡y me sorprendió muchísimo ver lo cálido que tenía el rostro!

—No es porque esté conmigo...

Jill y Grace llevaban en el castillo desde hace mucho tiempo. Grace era de pocas palabras y jamás le contaba cosas sobre Aidan.

—¿No habrá sido una simple coincidencia?

Al escuchar esto, Jill abrió los ojos.

—¿Por qué piensa de esa manera? Conozco al Gran Duque desde que era un niño pequeño. Créame.

Aunque le costaba creerlo, el comentario de Jill logró agitarle el corazón sin motivo alguno.

Así que era verdad; lo conocía desde que era un niño. En ese caso... lo conocía a la perfección.

—Dígame...

Desde su salida de compras al pueblo unos días atrás, Floria le había tomado cierto temor a Aidan. Creía haberlo comprendido hasta cierto punto, pero aquella forma de pensar tan distinta a la suya le seguía resultando extraña.

—¿Cómo es él en realidad?

—¿El Gran Duque? Bueno... es un hombre bondadoso.

Las palabras salieron de los labios de Jill con total naturalidad. Ante una respuesta tan opuesta a lo que pensaba, Floria parpadeó sorprendida.

—¿Por qué pone esa cara?, ¿se sorprende?

—Sí. Yo, la verdad... por los rumores y por su imponente aspecto, más que bondadoso...

¿No era acaso más bien un tirano violento? Sin embargo, Jill soltó una risita y negó con la cabeza.

—Ciertamente tiene su carácter frío. Dígame, ¿la ha tratado mal o le ha faltado al respeto en algún momento?

—Eso no, pero...

Tras dudar un instante sobre si debía hablar o no, Floria armó de valor y abrió la boca:

—El otro día, de regreso del paseo, nos encontramos con un ciervo, y en cuanto comenté que era lindo, él levantó el arco de inmediato. Yo no había pedido que lo cazara.

—Vaya...

—Por supuesto, no considero que la caza sea algo malo en sí. Pero hay algo en eso que... me dejó intranquila.

Mientras Floria hablaba titubeante, Jill la miró fijamente durante unos segundos antes de esbozar una sonrisa.

—El Gran Duque no entiende los corazones de las mujeres, Su Alteza.

—...

—Él simplemente creyó que a usted le gustaba el animal y se apresuró a actuar. No sabe expresar las cosas con dulzura. Es inevitable que tenga un lado áspero y salvaje, pero...

Las palabras de Jill se extendieron con calma.

—Desde que usted llegó, el Gran Duque está cambiando. Él es un hombre bondadoso y cálido; lo único que pasa es que no sabe cómo transmitir esos sentimientos. Debe haber pensado: «Si Su Alteza lo desea, debo cazarlo para ella ahora mismo». No cabe duda de que pensó eso.

Para evitar que Floria extrañara su tierra natal, se había encargado de conseguirle objetos de Altomole.

La había llevado a pasear por el pueblo para saciar su curiosidad sobre el extranjero.

Y al ver que su esposa parecía desear al ciervo, simplemente pensó que tenía que conseguirlo.

Visto de otro modo, él solo había querido tener una atención con ella, pero ella se había asustado de Aidan tan solo por verle levantar el arco. Aquella misma noche, aún recordaba la ligera mueca de desconcierto que había cruzado en su rostro.

—Ya veo.

—Desconozco qué clase de rumores corren en otros países. Pero el Gran Duque que yo conozco de cerca es así.

A excepción de aquel suceso, el Aidan que Floria conocía tampoco se parecía a un hombre violento; era más bien un hombre frío pero afectuoso.

Así que era eso.

Lo hizo por mí...

Solo que no sabía cómo demostrarlo.

Floria dio un sorbo al té que le había servido Jill. Un líquido cálido y dulce le inundó por completo el paladar. 


@Baut

Traducir es mi forma de leer dos veces. Leer es mi forma de vivir mil vidas.

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